domingo, 14 de diciembre de 2008

Vladimir Nabokov: 'Lolita'. Relato analéptico y relato autodiegético.



Un apunte sobre Annabel Leigh


Con sólo tres años Nabokov hablaba ya mejor el inglés que el ruso, como cualquier niño rodeado de institutrices británicas. Este prematuro manejo de la lengua inglesa, que después llegará a convertirse en un extraordinario dominio de la misma, es el que hará posible que Humbert Humbert pueda expresarse en un inglés “abominable y cuidadoso”. En el texto que sirve de prólogo a Lolita, titulado “Sobre un libro llamado Lolita“, escribe Nabokov: “Mi tragedia privada, que no puede ni debe, interesar a nadie, es que he debido abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre”. Así pensaba Nabokov en 1956. Sin embargo, bastantes años más tarde, acabaría reconociendo su preferencia por el inglés como instrumento de trabajo: el inglés le ofrecía una mayor flexibilidad y le permitía mayores libertades porque se plegaba mejor a los “suplicios” de su imaginación. Categóricamente declarará que el inglés supera al ruso por la riqueza de matices, porque se adapta más fácilmente a una “prosa delirante” y por su innegable “precisión política”. Si la primera afirmación respecto al ruso pudiera entenderse como un emocionado homenaje a sus raíces, la segunda tal vez constituya un melancólico ejercicio de histrionismo.

El inglés fue uno de uno de los factores decisivos de la
internacionalización de Nabokov, como lo fueron su destierro y su nomadismo desde el momento en que se vio obligado a expatriarse. En las páginas iniciales de Lolita, donde se ofrecen importantes datos sobre el personaje Humbert Humbert, Nabokov introduce abundantes elementos de esa atmósfera internacional tan de su gusto y su destino. De esos elementos, el más revelador sin duda es la historia de los amores entre Humbert y Annabel Leigh: pasión preadolescente entre dos criaturas que acaban de cumplir los trece años en el incomparable escenario de la Riviera francesa durante el verano de 1923. Humbert es hijo de padre suizo (con ascendencia franco-austriaca) y de madre inglesa; mientras que la adorable Annabel es el resultado de un cruce anglo-holandés: en resumidas cuentas, una perfecta combinación de sangres europeas para un romance estival que no desembocó en nada, sexualmente hablando, pero que fue (sobre todo para Humbert) una experiencia intensa y fascinante: “frenética, impúdica, agonizante”, y que, además, significó el anuncio del grandioso espectáculo que el futuro reservaba al más indivisible mártir de la ninfulomanía: “Estoy persuadido, sin embargo, de que en cierto modo fatal y trágico, Lolita empezó con Annabel”. Quien dice esto es el propio Humbert; pero no se olvide que Humbert dice lo que Nabokov quiere que diga. Por ejemplo esa definición de Lolita del capítulo octavo de la segunda parte: “la nínfula más castaña y encendida, más mitopoética en el halo de un jardín de octubre”. Menos mal que no se le ocurrió escribir metapoética: hubiera sido el colmo. [Arriba, a la derecha del párrafo: Primera edición de Lolita, de Vladimir Nabokov, The Olympia Press, París, 1955]

Lolita es una novela confesional en la que hallamos todos los requisitos del (insuperable) modelo agustiniano: la narración retrospectiva en prosa (relato analéptico); la historia de una personalidad contada por ella misma (relato autodiegético) con la intención de hacer públicos los secretos de su existencia privada y, finalmente, la ejemplaridad deducida de una transformación moral. Todo esto explica el subtítulo del libro: 'Confesiones de un viudo de raza blanca'. En el capítulo veintisiete de la primera parte, Humbert se llama a sí mismo Jean-Jacques Humbert. Eso puede ser que Humbert nos descubre su verdadero nombre de pila o que, de forma espontánea, improvisa un tributo de admiración a Rousseau, otro gran maestro de la confesionalidad. El discernimiento de este detalle es complicado tratándose de un discurso lleno de mentiras construido alrededor de un imprudente ataque de nostalgia. Annabel Leigh murió, víctima del tifus, en la terrible y mágica isla de Corfú. El fallecimiento se produjo inmediatamente a continuación de aquel verano imposible. Su temprana muerte fue el presagio de una funesta tempestad. [En la imagen: calle Agios Spyridon, en el centro de Corfú-capital]



Lolita para voyeurs

"Lolita, light of life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo-lee-ta"

Stanley Kubrick: Lolita (1962). Trailer.





"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta"


Stanley Kubrick: Lolita (1962). Main Titles.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Leopoldo María Panero /Así se fundó Carnaby Street

por Carlos Manuel López Ramos





Cuando habla de la locura, el poeta Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) recurre casi siempre a la misma cita de Spinoza: “nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Inmediatamente aparece el tema del manicomio. Por mucho que Leopoldo diga que prefiere mil veces la cárcel al manicomio, no ha hay que concederle demasiado crédito. Una de las muchas definiciones estremecedoras acuñadas por Panero en relación a los manicomios presenta a éstos como “una mezcla entre el Folies Bergère y el infierno de Dante”. Sin embargo, para un creador que tiene auténtica fe en lo que hace (y una idea clara de las condiciones necesarias para hacerlo) no existe mejor morada que un centro de salud mental, puesto que allí es donde puede dedicarse, con absoluta garantía de éxito, a perder su vida par delicatesse, como dijo Rimbaud, a quien Leopoldo menciona con frecuencia. En realidad, los argumentos de Panero en contra de las instituciones psiquiátricas ofrecen serias dudas respecto a su veracidad de conciencia. La recurrente diatriba contra las casas de locos constituye uno de los motivos fundamentales de su literatura oral; literatura ésta que alcanza ya una importancia trascendental en la producción del poeta y que, por fortuna, se conserva transcrita en un buen número de entrevistas publicadas. [A la izquierda: Leopoldo María Panero]



Panero ha dicho de la psiquiatría: “la psiquiatría delira”; “la psiquiatría es la consideración no humana de lo humano”; “la psiquiatría se encarga de reprimir y perseguir la experiencia mística y paranormal, pues no otra cosa es el loco que un iluminado”; “la psiquiatría es la persecución de la extrañeza”, etc. Pero, ¿qué tiene que ver todo este repetitivo catecismo con la interesante lectura que de Mallarmé ha sido capaz de realizar Panero en determinados períodos de lucidez? ¿Todavía no se ha enterado Panero de que la mente (ese sucedáneo laico del alma) es una falacia? ¿No le han explicado que el funcionamiento del cerebro se basa en el dinamismo bioelectroquímico y que, por consiguiente, la psiquiatría cada vez es más fisiología y neurobiología, a las que, en todo caso y para ir tirando, se agregan ciertas técnicas extraídas de la práctica del sacramento de la confesión? [Ilustración: ¿Locos en el manicomio? Óleo atribuido a Goya. Museo del Monasterio de Guadalupe, Cáceres, España.]



En la actualidad, Panero está ingresado en la clínica del doctor Rafael Inglod (Canarias). Anteriormente ya tenía cumplidos siete bienios en el Manicomio de Mondragón (Guipúzcoa). En esta nueva residencia, según Panero, continúan envenenándolo (como en el País Vasco), pero todavía más. Se queja de su tratamiento con haloperidol, un antipsicótico típico de la familia de las butirofenonas, el cual puede provocar, parece ser, no pocos efectos secundarios nada deseables. Este fármaco es uno de los neurolépticos más usados en patologías como la esquizofrenia, la paranoia, estados maníacos y otros trastornos psíquicos de gravedad. Leopoldo no vacila en sentenciar que en los manicomios “odian el pensamiento, como en toda España”. Panero visitó en París al célebre psiquiatra heterodoxo Félix Guattari,
coautor, junto a Gilles Deleuze, de El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. (1973) y de Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. (1980). Ni corto ni perezoso, el escritor aprovechó la consulta para largarle al eminente analista una conferencia sobre la anorexia manicomial de tres cuartos de hora. Al finalizar la homilía, Guattari le dijo al poeta madrileño (según la versión de éste) que era el español más inteligente que había conocido. Panero, a la sazón, se dedicaba en la capital francesa a recoger basura como penitencia para salvar a sus habitantes, y el día que fue a ver al ilustre terapeuta le dejó como recuerdo, escondido detrás de una cortina, un maloliente saco de desperdicios. De los escritos de Guattari y Deleuze asimiló Panero la idea central del alienado como límite del capitalismo. Enlazando con Lacan (figura obsesiva y omnipresente en el discurso del autor de Narciso en el acorde último de las flautas), Leopoldo acusa a la burguesía de haber inventado el caos y el ateísmo “para permitirse proscribir así el derecho divino de la nobleza medieval”. [Imagen: Félix Guattari]



En 2004, al disertar sobre un asunto tan delicado como la pederastia, e interpretando con extremo desahogo el concepto universal de libre decisión, Panero manifestó lo siguiente: “no sé qué hay de malo en la corrupción de menores”, lo que es una apelación directa o indirecta, dependiendo desde dónde se mire, al ectoplasma de Gilles de Rais (1404-1440), el verdadero e inolvidable Barba Azul, alquimista y mago, valeroso en el campo de batalla, héroe nacional de Francia en la Guerra de los Cien Años y compañero de armas de Santa Juana de Arco. Una pareja sobrehumana. Georges Bataille (El proceso de Gilles de Rais, 1959) asegura que los crímenes de Barbe Bleue (especial atención merecen los de signo pedófilo) fueron los del mundo en que vivió: los de aquella sociedad medieval que confería a la nobleza un poder absoluto a la hora de consumar sus deseos. Como escribió Leopoldo María Panero en uno de sus memorables artículos de prensa: “Que sea la muerte de los límites en un contacto indefinido lo que aquí resuma la entrada de Dios en el ámbito político”. [Imagen: retrato de Gilles de Rais. Grabado de autor desconocido. Siglo XVI.]

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Julio Herrera y Reissig: Poesía y Modernismo.

Por Carlos Manuel López Ramos



En el caos no exactamente sagrado del puro Modernismo hispánico (cosa distinta es el postmodernismo) hay, a pesar de todo, manifestaciones interesantes, como la obra del poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910). Es la suya una poesía para pronunciarla, para oírla y para ingerirla. Para el oído, para la boca y los dientes, para el esófago y para todo el aparato digestivo. No es alimento para el espíritu, según la mixtificadora concepción tradicional. Su lírica no es edificante ni crea valores morales: sólo suena y se mastica. El sonido comestible es su aportación fundamental, por encima de otras intenciones subjetivas (el abismo del yo), arrebatos estéticos (el abismo de la belleza), aspiraciones sublimes (el abismo de la miseria) y demás maniobras de la hipersensibilidad (el abismo de la neurosis). Un sonido que no necesita interpretación, como el que emitirán, en su día, las trompetas del Juicio Final.

Herrera y Reissig llevó su escritura a un extremismo que era posible dentro del imposible programa modernista. Su exhaustividad fonética, su inverosimilitud hiperbólica, exigían un nuevo enfoque del poema y un nuevo lenguaje. No obstante el tiempo transcurrido, la inmoderada tensión a la que Herrera somete el idioma conserva aún mucha de su desconcertante energía: Objetívase un aciago / suplicio de pensamiento / y como un remordimiento / pulula el sordo rumor / de algún pulverizador / de músicas de tormento. Lo importante en estos versos es tanto la impetuosa eficacia auditiva como la estridencia publicitaria.

Vista general de Montevideo en 1889


En sus textos, y para romper con la previsibilidad del discurso, Herrera utiliza como materia prima un léxico desorbitado. Numerosos modernistas, cada cual a su manera y según su propia medida, recurrieron a la misma fórmula. En Argentina lo hizo Leopoldo Lugones (1874-1938), también en un sentido paroxístico. Era un léxico de una radical desesperación acústica, que había sido ya cultivado en el Barroco hispanohablante: aquello que en el XVII se llamó "concupiscencia de oído" y que, en el tránsito del siglo XIX al XX, en manos de los modernistas, desembocará o en la más insoportable cursilería o en un sugestivo procedimiento de locuacidad autoirónica.

Pero Herrera fue más lejos que Lugones, como lo confrimó Pedro Henríquez Ureña: "La tendencia barroca creció con Julio Herrera y Reissig, cuyo juego de imágenes no tardó en hacerse alarmante, y aun delirante en ocasiones; alcanzó pleno auge en Los éxtasis de la montaña (1901)". Anderson Imbert habló de "ametralladora metafórica", refiriéndose al furibundo aparato retórico del uruguayo. Fíjense en esta décima estupefaciente: Acude a mi desventura / con tu esclerosis de té, / en la luna de Astarté / que auspicia mi desventura... / Vértigo de ensambladura / y amapola de sadismo: / ¡yo sumaré a tu guarismo / unitario de Gusana / la equis de mi Nirvana / y el cero de mi ostracismo!

Bastantes críticos han visto en la poesía de Herrera un elemento de humor irrealista e histriónico conectado a su inaudita parafernalia fonética, a sus ritmos trepidantes no pocas veces resueltos en alardes de pirotecnia. Se trataría de un ingrediente satírico y expresionista que permite vislumbrar un sarcasmo y una actitud cínica que apuntan hacia una decidida vocación destructora. El grupo de La Torre de los Panoramas (tertulia que se reunía en la azotea de la casa de Herrera en Montevideo) se consagró a un tipo de modernismo comme il faut, con drogas diversas, meriendas espiritistas y oficios esotéricos. Quién sabe si hubo también alguna misa negra. El autor de Los maitines de la noche (1902) disfrutó de los tóxicos placeres del opio y la morfina. Él y sus camaradas veneraron, como era de rigor, a los simbolistas franceses, y experimentaron el estremecimiento cósmico del erotismo visionario. Expertos diseñadores de fantasmas, hicieron gala de una enfática melancolía y apuraron con avidez el divino cáliz del tedio. Pero Herrera y Reissig, pasándose tres pueblos, consiguió una singularidad con la que superó, espléndidamente, las consabidas pautas de la moda. [Imagen: Cartel de Alfons Mucha (1860-1939) / Apoteosis gráfica del Modernismo]

jueves, 4 de septiembre de 2008

'Viaje de las Indias Orientales y Occidentales (Año de 1606)', de Miguel de Jaque de los Ríos de Manzanedo.


Edición, introducción y notas de Ramón Clavijo Provencio y José López Romero.

Historia de dos manuscritos

Los investigadores Ramón Clavijo Provencio y José López Romero hallaron en la Sección de Manuscritos de la Biblioteca Municipal Central de Jerez de la Frontera el Viaje de las Indias Orientales y Occidentales de Miguel de Jaque de los Ríos de Manzanedo. La ubicación del manuscrito (fecha de 1606) era extraña a efectos de clasificación, ya que se encontró en una colección denominada “Folletos varios” en el catálogo de 1894 de José de la Herrán y esta fue la causa de que dicho documento pasara inadvertido para los estudiosos y rastreadores de papeles históricos. Con ese hallazgo comenzó una rigurosa labor de indagación no exenta de cierto aire de misterio. Clavijo y López Romero actuaron con prudencia y metodología científica dilucidando hasta los más ínfimos detalles: datación del legajo; análisis paleográfico; examen filológico y demás aspectos textuales. [Imagen: a la izquierda, Ramón Clavijo; a la derecha, José López Romero]

Sólo existe otra copia del Viaje de Jaque conservada en la Biblioteca Pública de Nueva York. Esta transcripción llegó a dicha ciudad gracias al bibliófilo norteamericano Obadiah Rich, quien durante su larga estancia a principios del XIX en España, donde fue cónsul de su país en Madrid y Valencia, compró la biblioteca de Antonio de Ugina, de la que la mencionada copia era pieza integrante. Una vez en los Estados Unidos, el depósito de Ugina, tras una serie de compras y ventas, llegó a ser poseído por James Lennox, cuya biblioteca sería el arranque de la New York Public Library. De inmediato se procedió al cotejo de ambas redacciones, las cuales presentaban significativas diferencias, hasta alcanzar una hipótesis plausible sobre esta duplicidad. Estaríamos ante dos copias de dos manuscritos distintos. El manuscrito jerezano es el más antiguo y puede ser una enmienda del original (sobre todo las supresiones atribuibles al propio Jaque) realizada por una sola mano, mientras que en el neoyorkino se aprecia la intervención de varios amanuenses y sería una reproducción directa del original. Pero el gran enigma sigue siendo, tal como afirman Clavijo y López Romero: “cómo fue a parar a la Biblioteca Pública Central de Jerez de la Frontera, a partir de 1894, la copia más remota del Viaje de las Indias Orientales y Occidentales, ni qué ha sido de ese supuesto borrador o primera redacción que hiciera D. Miguel de Jaque”.

La recuperación de este libro es un acierto, en toda la extensión del término, porque ofrece un testimonio de primer orden sobre las relaciones de España con sus posesiones orientales en la época del imperio, además de las impresiones personales que el autor recogió en sus andanzas por aquellas lejanas tierras.


Autores de la edición

Ramón Clavijo Provencio es licenciado en Historia y en la actualidad es director de la Biblioteca Municipal Central de Jerez, así como de la Revista de Historia de Jerez, publicada por el Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Es autor de numerosos artículos especializados en temas históricos y bibliográficos y de libros como La Biblioteca Municipal de Jerez de la Frontera: 112 años de historia, con un primer catálogo de sus libros reservados (1986), Jerez y los viajeros del XIX (1989) o Manuel Esteve Guerrero. Medio siglo de cultura jerezana, 1925-1975. El arqueólogo, historiador, bibliotecario, dibujante, profesor… (1996), entre otros.

José López Romero es doctor en Filología Hispánica y catedrático de Lengua castellana y Literatura en el I. E. S. Padre Luis Coloma de Jerez. Sus quehaceres como investigador giran en torno al diálogo renacentista y a la novela del siglo XIX. Ha publicado muchos artículos en revistas especializadas y libros de los que destacamos: Diálogo en laude de las mugeres (1990), Don Pedro de Vera Mendoza: vida y fortuna de un jerezano en la segunda mitad del siglo XV (1992) o La novela en el siglo XIX en Jerez de la Frontera (2001). Es también miembro del Centro de Estudios Históricos Jerezanos.

Ambos son académicos de número de la Real de San Dionisio de Jerez de la Frontera.


El alférez don Miguel de Jaque

En la introducción al Viaje, los responsables de su edición aportan algunos datos biográficos esenciales sobre Miguel de Jaque de los Ríos de Manzanedo, natural de Ciudad Rodrigo, y miembro de una ilustre familia de ascendencia francesa por línea paterna. Su nacimiento parece ser que tuvo lugar en 1574, y tanto su gusto por los viajes (ya en edad temprana había recorrido España al servicio del marqués de Astorga) y su inclinación aventurera le llevaron a embarcarse en Sanlúcar de Barrameda, en 1592 y a la edad de dieciocho años, hacia las Indias Orientales en un periplo que duró un sexenio. En 1599 se decide de nuevo a atravesar el Atlántico, en esta ocasión con destino a las Indias Occidentales, para regresar a su patria entre 1604 y 1606. Pero aún hubo una tercera salida, ésta en 1621, con rumbo a las Filipinas. En virtud de un conjunto de averiguaciones, se deduce que Miguel de Jaque debió morir allí en acción de guerra, culminando así un modelo de vida muy común en aquellas calendas.


Características de la edición

La metodología aplicada a la hora de editar el Viaje revela la pulcritud y diligencia ya demostrada por Ramón Clavijo y José López Romero en sus anteriores tareas de investigación. El tratamiento dado al texto de Jaque se atiene a las establecidas pautas de precisión, claridad y depuración. El objetivo de los editores ha sido proporcionar un texto instalado en ese juste milieu entre la más puntual exigencia científica y un grado notable de accesibilidad como consideración a los lectores no especializados. Ellos mismos explican, en la unidad correspondiente de la introducción, las operaciones ejecutadas al respecto: incorporación al manuscrito de Jerez de las adiciones del de Nueva York van entre corchetes; las adiciones jerezanas no incluidas en NY se indican entre paréntesis o corchetes angulares (< >); los cambios y variantes que no son supresiones ni adiciones en ambos manuscritos se muestran como notas a pie de página; modernización de la ortografía (salvo los nombres propios tanto de personas como topónimos); uso de números o letras para las cifras según el uso de Miguel de Jaque, etc. Las notas a pie de página informan sobre nombres geográficos que han cambiado de denominación, personajes históricos y expresiones y palabras arcaicas. Se adjuntan, además, 8 documentos cartográficos así como páginas facsímiles de los dos manuscritos del Viaje.

India quae orientalis dicitur, et insulae adiacentes. W. Blaeu, Amsterdam, 1643-1650

España y las Indias Orientales

En 1521, reinando Felipe II, Fernando de Magallanes, portugués al servicio de la corona española, descubre las islas Filipinas o Archipiélago de San Lázaro; pero será en 1565, por la intervención de Miguel López de Legazpi, cuando se consolide el estatuto colonial y se establezca en Cebú el primer asentamiento español. En 1571 tiene lugar la fundación de Manila por el propio Legazpi. A solis urtu usque ad Ocasum. Desde entonces se regulariza una ruta marítima que une dicha ciudad con Acapulco, es decir, el Galeón de Manila, también conocido como Nao de la China. Una de las mayores ventajas de aquel conjunto de islas (que pasarían a depender seguidamente del Virreinato de Nueva España) era su privilegiada situación en orden a las transacciones comerciales con el sudeste asiático. Es de destacar, en lo relativo a la acción colonizadora, el papel desempeñado por las órdenes religiosas, que se distinguieron por el incesante amparo prestado a los pobladores nativos. Franciscanos, dominicos y agustinos contribuyeron sobremanera a la extensión educativa con la erección de colegios y universidades. La influencia española se amplió a otras demarcaciones cercanas (sobre todo islas) como las Molucas (temporalmente Ternate y Tidore), Palaos, Guaján (Guam), las Carolinas y algunos otros enclaves. La presencia de España da cohesión y unidad a la amalgama étnica que vivía inmersa en continuos conflictos internos, aparte de impulsar un extraordinario desarrollo en todos los sectores: introducción de tecnología (la rueda, el arado); implantación de una red de infraestructuras (puertos, puentes, caminos); creación de núcleos urbanos y fomento del tráfico mercantil, que se elevó a cotas de gran relevancia. Desde el archipiélago, que fue promovido al rango de Capitanía General, los españoles mantuvieron contactos, no siempre pacíficos, con tierras del Asia continental: Camboya, Cochinchina, China, Laos, etc. El dominio español sobre las Filipinas concluyó, tras casi cuatro siglos, en 1898. A pesar de ello, el actual monarca de España ostenta de pleno derecho, entres sus muchos títulos, el de Rey de las Indias Orientales. [Imágenes: arriba, a la derecha, monumento a Miguel López de Legazpi en Cebú; abajo, a la izquierda, tumba de López de Legazpi en la iglesia de San Agustín de Manila (intramuros)]



El libro de Miguel de Jaque

El Viaje de las Indias Orientales y Occidentales puede ser leído como una auténtica novela de aventuras que de alguna forma, y teniendo en cuenta las oportunas disparidades en todos los sentidos, apunta hacia los ambientes que, siglos después, abordarán con singular maestría Stevenson y Conrad. Pero hay que resaltar, como hacen los editores de esta obra, que en ningún caso estamos ante un escrito de intención estética o valor literario. Jaque confecciona un discurso testifical, una crónica de sus peripecias, de las fortunas y adversidades que le deparan sus correrías por apartadas y exóticas regiones. Lo que está fuera de discusión es el interés histórico del documento y la interesante información que éste proporciona en tantos y variados terrenos: fauna, flora, costumbres, gastronomía, estructuras sociales, problemas políticos, navegación, registros geográficos y económicos, acción evangelizadora, urbanismo, minería, agricultura, etc. Y hay algo también que no admite dudas ni reparos: el logro por parte de Miguel de Jaque de un relato ágil y ameno, en un lenguaje sencillo, directo y con garra; una expresión sintética, selectiva y dotada de un sentido del ritmo conforme a los contenidos desarrollados. Todo ello, naturalmente, afectado por las inevitables limitaciones gramaticales y excesivas licencias idiomáticas propias de quien no es un experto narrador y mucho menos un escritor de oficio. No obstante dichas precariedades, la lectura de esta obra, al día de hoy, proporciona una experiencia sumamente gratificante. Desde el punto de vista ideológico, Jaque se halla plenamente imbuido de los conceptos sustanciales del absolutismo feudal y tridentino de los Habsburgo. Imperio y religión como sustrato de una homogeneidad político-espiritual que en España surtía de cohesión a una sociedad señorial, eclesiástica y campesina. El primer viaje del hidalgo de Ciudad Rodrigo, emprendido en 1592, concluye en 1598, año de la muerte de Felipe II. El viaje siguiente (desde 1599 hasta 1604 o 1606) discurre ya en el reinado de Felipe III. Todavía España ejercía la hegemonía mundial, pero el sistema venía ya exteriorizando síntomas de agotamiento. El proyecto de un Imperio Humanista según las pautas del erasmismo (racionalismo, tolerancia, libertad de crítica) había sido abortado. En los períodos 1558-1588 y 1598-1604 florece el fenómeno del arbitrismo. El término arbitrista servía para designar a todos aquellos que enviaban expedientes y solicitudes al rey avisando de los males del Estado y proponiendo fórmulas para corregirlos. Hubo de todo: desde analistas agudos y sensatos hasta iluminados expertos en los más tremendos disparates. Pero lo que se denunciaba en España era correcto: el hambre, los desequilibrios internos, la falta de trabajo, el derroche, la ausencia de iniciativa industrial, los excesivos gastos de guerra, etc. El oro y la plata de América pasaban de largo por España camino de una Europa industriosa y financiera. Como sentenciaban los versos de Quevedo: Nace en las Indias honrado, / donde el mundo le acompaña; / viene a morir en España, / y es en Génova enterrado. El avance de la burguesía española se colapsa a partir de mediados del XVI. Con Felipe III la decadencia irá acentuándose paulatinamente. Al año de su entronización comienzan a circular las monedas de cobre. De entre los arbitristas más lúcidos y técnicamente solventes, destaca Martín González de Cellorigo, quien, en su famoso memorial titulado De la política necesaria y útil restauración a la política de España y estados de ella, y desempeño universal de estos reinos (Valladolid, 1600) aseveraba con respecto al imperio español que “No parece sino que se han querido reducir estos reinos a un república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”. Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala, en el primer volumen de su Historia social de la literatura española (en lengua castellana), comentan sobre el libro de Cellorigo: “Lejos de inventarse quimeras y proponer soluciones frágiles, el vallisoletano presenta en hábil contrapunto todos los males de España: agricultura, economía, moneda, industria, desempleo, población, consumo. El suyo es un cuadro nítido de la decadencia de Castilla en el cual sorprende al lector actual su clara conciencia y la perspicacia con que percibe las contradicciones. Advierte que la falta de una burguesía hace que el reino oscile entre dos polos irreconciliables que desfavorecen el desarrollo”. [Imagen: Sesión del Concilio de Trento en Santa Maria Maggiore. Autor desconocido. Finales del s. XVII. Museo Diocesano Tridentino]



Retrato ecuestre de Felipe III. Diego Velázquez. Hacia 1633. Museo del Prado

El libro de Jaque (Dirigido a la Majestad del gran Rey de las Españas don Felipe Tercero de este nombre) se compone de tres partes bien diferenciadas. La primera, y la más extensa (desde el capítulo inicial hasta el 12), se ocupa del primer viaje a las Indias Orientales: desde su salida de Sanlúcar de Barrameda hasta las Filipinas, pasando por las Canarias, el Atlántico, México y el Pacífico. El regreso lo efectuaría atravesando el Índico hasta Omán y Yemen, para después bordear el continente africano y subir desde el cabo de Buena Esperanza hasta las Azores, y desde aquí a Lisboa, es decir, una vuelta al mundo. La segunda parte, que se integra también dentro del primer viaje (entre el capítulo 12 y el 16), se dedica fundamentalmente a las fortalezas que Portugal mantenía en zonas del extremo oriente y a las tareas de difusión del credo cristiano por aquellas lejanías. La tercera parte la constituye el segundo viaje del mirobrigense, esta vez a las Indias Occidentales: posesiones americanas de España y muy especialmente el reino del Pirú (Perú).

Los sucesos históricos reflejados en el primer viaje son muchos y complejos: la desafortunada expedición para conquistar las Molucas; las tribulaciones políticas en torno a los reinos de Camboya, Siam y Laos; la gesta heroica de la victoria obtenida por 50 españoles y 20 japoneses contra nada menos que 3.000 chinos; las nada cómodas relaciones con el Celeste Imperio; las insólitas guerras por el elefante blanco en la Cochinchina; el enconado acoso de Taycozama, emperador de Japón, en contra de los cristianos y tantos otros tumultos, disturbios y desbarajustes. Todo ello adobado con muchas curiosidades y muchos prodigios y sobresaltos cotidianos en aquellas naciones.

Río Mekong

Consignamos aquí algunas de estas inquietantes circunstancias recopiladas en las dos primeras partes del Viaje:

Las inauditas normas matrimoniales en las Islas Marianas (pp. 62-63).

La alimentación de algunos pueblos a base de monos y lagartos (p. 84), así como de hormigas (p. 106). Estos menús hoy apenas llama la atención.

El hábito del tirano Prabantal de Camboya de freír en aceite de coco a sus enemigos (p. 91). El rey de Achen mejoraba notablemente la receta añadiendo al sofrito la propia sangre de las víctimas (p. 131).


El invento del rey de Champa de mandar asesinar a los más borrachos de las fiestas (que incluían, ya de por sí, sacrificios humanos) y sacarles la hiel con la que se preparaba un óptimo fijador para sus largos cabellos (pp. 110-111).

La avidez de las mujeres camboyanas y cochinchinas por convertirse al cristianismo para así acabar con la poligamia (p. 134).

Los portentosos fenómenos que precedieron al martirio por crucifixión, decretado por el emperador japonés Taycozama, de varios sacerdotes católicos y diecisiete nipones conversos: “Pocos días antes que estos santos mártires fuesen crucificados, el dicho año de 1596, en el mes de julio, día de la gloriosa Magdalena, en Meacco (actual Kyoto) y otras ciudades del Japón circunvecinas a ésta, se vio caer todo aquel día a manera de lluvia ceniza envuelta en tierra tan colorada como sangre, en tanta cantidad que cubrió [los] tejados, casas y campos, y de melancolía y tristeza los corazones de los japones. Y asimismo se vio en estos reinos, este propio año, una cruz en el cielo de color de sangre de la hechura y forma de aquella en que fueron crucificados estos santos mártires. Y en la ciudad de Meacco, antes de su santo martirio, una imagen del glorioso padre San Francisco, que estaba en aquella ciudad en el convento de estos benditos frailes, sudó sangre, indicio claro y manifiesto pronóstico de la que su sagrada religión había de derramar en aquella iglesia de Japón.
En la ciudad de Usaca (Osaka) se cayeron los mejores y más suntuosos edificios que Taycozama, para muestra de su soberbia y grandeza, había hecho. Y también se cayeron muchas varelas, templos de los ídolos, adonde murieron más de veinte mil hombres, y de los palacios reales se cayó lo mejor de ellos y mató setenta mujeres de las más principales de Taycozama. Todo lo cual causó mucho temor y espanto a los gentiles, de los cuales se convirtieron más de veinte mil, y fue de mucha edificación para los cristianos” (pp.141-142).

Mártires de Nagasaki

Más castigos divinos y maravillas, esta vez en suelo chino: “En la gran China este propio año, en Panquin (Pekín), corte Hunteybesco, gran chino, llovió una lana áspera como cabellos, la cual duró muchos días, y al cabo de ellos cayó fuego del cielo y encendió la lana, y quemó gran parte de la ciudad y palacios del chino. Justo castigo venido de la mano de Dios para castigar naciones que son tan sodomitas como lo fueron los de Atam y Abiron” (p. 145).

Los pájaros celestes de la isla de Terrenate (Malucas), “que no se ven en la tierra sino después de muertos; los cuales no tienen pies y esta es la ocasión porque siempre andan en el aire o en árboles, que si en tierra caen no se pueden levantar; su sustento es mosquitos” (p. 148).

El misterioso reino de Pegu, cuyos habitantes descienden de una mujer y un perro, algo a lo que don Miguel no concede ninguna credibilidad (pp. 155-156).

Las profecías de santo Tomé (Tomás el apóstol), quien predijo la llegada de los europeos a la ciudad que lleva su nombre y que éstos predicarían lo que él entonces predicaba (p. 157).

Los árboles surrealistas de Goa, cuyas hojas se convierten en pescados cuando caen en el agua, y si caen en la arena se vuelven mariposas (p. 165).

El culto al Diablo en el reino de Aquen (India), justificado por sus oriundos (monoteístas) mediante el argumento de que si hay un solo Dios, que es bueno por esencia, no necesita de honras ya que es incapaz de hacer mal a nadie; pero sí se las dedican al Demonio “porque es ruin y hace mal; y porque no lo haga le honran y le hacen muchas varelas que son templos de sus pogodes” (p.167).

El terrible gusano de la isla de Ormus: “Hay en esta isla un gusano llamado deangaon, que si lo pasan por encima de un vaso, aunque no toque en el vino o agua que tuviere, muere luego el que la bebe” (p. 173).

La aparición de Mahoma en la ciudad de Mecha (La Meca) en el año 1596, de la que Miguel de Jaque tuvo noticia en Goa en el 97. En dicha comparecencia, el Profeta, en una escalofriante palinodia, reconoce haber instaurado una falsa secta y recomienda a sus adeptos seguir las enseñanzas de Jesucristo (pp. 178-179).


Francisco de Toledo, conde de Oropesa (1515-1584). Quinto virrey del Perú (1569-1581). Estableció las bases de lo que sería el sistema colonial del virreinato.

La exposición del segundo viaje de Jaque, sólo a las Indias Occidentales y empleado sobre todo en los reinos del Pirú, es más sucinta pero no por ello menos sugestiva. Eran territorios mucho más conocidos y con una administración colonial ya bastante consolidada. Aquí el autor se detiene en la intentona secesionista protagonizada por Juan Díez y Gonzalo de Cabrera en 1598 (dos años antes de la visita de Jaque), una reyerta que inspira a don Miguel ciertas reflexiones a propósito de los sueños de poder que algunos tuvieron en aquellas demarcaciones tan distantes de la metrópoli: sueños de crear reinos y Estados independientes de la Corona española. Y de cómo la decapitación era la medicina idónea para semejantes desafueros. Decapitaciones que, conviene advertir, también podían culminar, posteriormente, con las cabezas friéndose en una sartén en cuyo mango estuviera grabado el sello real. Cubre Jaque en su memorial, con particular atención, todo lo relativo a la industria minera concentrada en la villa imperial de Potosí. Refiere la apocalíptica erupción del volcán de las Ubinas: “Los vecinos de Arequipa, así españoles como indios y negros, tuvieron por cierto llegado su juicio final”. Y refiere los malogrados casamientos que allí hicieron él y su hermano Luis, quienes enviudaron en un tiempo récord (una semana el primero y un mes el segundo).



Grabado de Felipe Huamán Poma de Ayala representando a la Real Audiencia de Lima.


No faltan en los papeles de este nuevo traslado transoceánico peregrinas y fantásticas contingencias:

La perenne plaga de mosquitos que padece el pueblo de Santa, en los Llanos de Trujillo: “Tiene tantos mosquitos que a los que por allí pasan les parece que viven muriendo los españoles que en él asisten, los cuales no lo[s] sienten tanto como los pasajeros. Y es cosa maravillosa que con haber en este pueblo tantos mosquitos en las calles y casas, en la iglesia jamás se ha visto entrar ninguno” (p. 200).

Catedral de Cuzco.

El estremecedor episodio del demonio inca de Roma, que Miguel de Jaque oyó en varias localidades de la provincia del Collao: “Los españoles que asisten en estos pueblos, cuando quieren hacer correr a los indios de Paucarcolla (una de esas localidades) les dicen con que Marchayle y ellos propios se responden y dicen Paucarcolla Macure, dícenles estas palabras porque estando en Roma sacando a un hombre endemoniado los espíritus que tenía, aunque los sacerdotes les hablaban en varias lenguas no respondían, y acaso hallándose allí un español que sabía la lengua inca del Perú le habló en ella y dijo Cauque Marchayle que quiere decir ‹‹¿De dónde eres, amigo?››, el demonio que hasta entonces había estado mudo le respondió en la propia lengua ‹‹Paucarcolla Macure››, que quiere decir ‹‹de Paucarcolla, primo; de Paucarcolla›› (p. 206).


Casa de la Moneda de Potosí (Bolivia).

El milagro de la santa cruz de Carabuco, una cruz que los indios del pueblo del mismo nombre quisieron destruir por ser el emblema de los conquistadores: “tomaron aquella (la cruz) y la quisieron quemar y deshacer y no pudieron, y porque no viniese a su poder la echaron en la laguna con cantidad de piedras que con ella ataron, y con ser grande la cruz y de madera pesada, y con el peso que le pusieron no fue parte para que se fuera a pique, antes andaba encima del agua como si fuera [tan ligera como] una paja” (p. 207).

Grabado de Potosí (s. XVIII). Vista del Cerro Rico.

Habla Miguel de Jaque en esta parte de muchas villas y ciudades: Panamá, Quito, Cuzco y Potosí, destacando de ésta última su posición preeminente en la extracción de metales preciosos y las explotaciones mineras que allí estaban implantadas. Y habla “de las provincias de Tucumán, Chile, Paraguay y Buenos Aires; y asimismo [trata] de la tierra del Brasil y estrecho de Magallanes, y de cómo el autor acabó de ver todas las Indias, ‹‹Indias›› Orientales y Occidentales”.

Carlos Manuel lópez Ramos

domingo, 10 de agosto de 2008

Carlos Manuel López Ramos sobre Arthur Rimbaud


Literatura para después del diluvio

Después de su madre, de la orgía parisina (La Commune), de aquel “long, immense et raisonné dérèglement de tous les sens”; después de Verlaine, del incidente de Courtrait, del ajenjo, del hashish, de “¡todo menos trabajar!” y del “je m’encrapule le plus posible”; de la aventura del Wandering Chief, de los excesos, las videncias y las bisexualidades, Arthur Rimbaud (1854-1891) se convirtió, por fin, en un hombre de provecho cuando se fue a Abisinia. Atrás quedaban tantas leyendas de loca juventud que, indefectiblemente, terminaron desgastándose. Los síntomas de un principio de disolución de la herencia idealista se hacen pronto visibles. Lo mejor de Un corazón bajo una sotana, por ejemplo, es el refrigerio preparado por Timotina Labinette: “compuesto de habichuelas y una tortilla con manteca”. El romanticismo residual de sus primeros textos lo compensa Rimbaud con una buena dosis de cinismo autocorrosivo que, con el tiempo, se irá incrementando hasta el extremo de aniquilar toda forma de instinto poético, algo que sucede cuando cumple 19 años.




A la izquierda, Paul Verlaine; a la derecha, Arthur Rimbaud. Detalle del cuadro Le coin de table, de Henri Fantin-Latour (1872)


“Bethsaida, la piscina de las cinco galerías, era un lugar enojoso. Como si fuese un siniestro lavadero, siempre ahogado por la lluvia y enmohecido”. Esta cita es de Prosas evangélicas, un conjunto de tres textos en el que hay una técnica narrativa infinitamente más eficaz, por ejemplo, que la de Hemingway, más vigorosa que toda la de la generación beat. Rimbaud en este caso anuncia la prosa persuasiva de J. D. Salinger. (Sobre las relaciones entre el escritor francés y el autor de El guardián entre el centeno, consúltese el artículo “Infantilidade, vidência e tradição em Jean-Arthur Rimbaud e Jerome David Salinger” de Juliana Silva Cunha de Mendonça: jeromesalinger.blogspot.com/)


En las páginas de Una temporada en el infierno, bastante irresolutas desde el punto de vista semántico, sobran esos insufribles encadenamientos de oraciones exclamativas, así como muchas combinaciones gramaticales con las que el poeta pretende exteriorizar el sagrado desorden del espíritu o, como en ‘El rayo’, las estridencias de una enmienda a la totalidad de la nada. Pero también en la Saison nos sorprende Rimbaud con una poderosa capacidad premonitoria de futuros desembarazos expresivos: “No hay familia en Europa que yo no conozca. —Me refiero a familias como la mía, que lo deben todo a la Declaración de los Derechos del Hombre—. ¡He conocido a cada hijo de familia!”. Hay conceptos interesantes, como esa vida que existe en los libros de aventuras infantiles o la envidia ante la felicidad de los animales. Hay un grado notable de experimentación lingüística, pero no tanto como para hablar todavía de una “alquimia del verbo” y menos de esa “prosa diamantina” averiguada por Verlaine.



La gran ruptura llevada a cabo por Rimbaud está en las Iluminaciones, donde una extraordinaria destreza para el ritmo de la prosa poética suministra el medio más adecuado para el desarrollo de una distorsión interna del lenguaje en el sentido de una liberación significativa de las formas, una configuración novedosa de los mecanismos de la representación precisamente para “después del diluvio”. Esas invenciones fantasmagóricas como “un reloj que no suena”, “una hondonada con un nido de bestias blancas”, “una catedral que desciende en un lago que sube”. Vaticinios diáfanos como “He aquí el tiempo de los asesinos”. Esa elocuencia cívica del tipo “mientras los fondos públicos se gastan en fiestas de fraternidad, suena una campana de fuego rosa en las nubes”. Confesiones de alcoba como “la horrible cantidad de fuerza y de ciencia que la fortuna ha alejado siempre de mí”. Prototipos sociológicos en la línea de “niños emperifollados para una pastoral suburbana”. Soberbios símbolos del éxodo como “el vino de las cavernas y la galleta de la ruta”, etc. Es decir, en las Iluminaciones encontramos más infierno que en la Temporada.

En 1873 Arthur Rimbaud abandona radicalmente la literatura. En 1880 está ya instalado en Harar (o Adaré), en Abisinia, el Reino de Choa. Hasta allí se desplaza con la exclusiva finalidad de hacerse rico para fundar una familia. En aquella época Harar era la cuarta ciudad santa del Islam, con cerca de 100 mezquitas y 300 santuarios. Edmund Wilson había afirmado en El Castillo de Axel: “Rimbaud, quien, pese a sus ojos azules de muchacho y mejillas como manzanas, que se combinaban con una figura desgarbada y unos pies y manos grandes de patán; pese a su voz de adolescente inseguro, con un acento de campesino nórdico, ya tenía un alma dura y una voluntad de hierro”. Esto, que lo había demostrado como poeta, ahora lo va a demostrar como hombre de negocios, cuyas actividades comerciales abarcarán una amplia gama de géneros: el marfil, el café, las pieles, el oro y, sobre todo, las armas. Respecto al espinoso asunto del tráfico de esclavos, estaríamos ante un percance improbable pero no imposible. Los que lo trataron en aquellas circunstancias coinciden en destacar su lealtad, honradez y profesionalidad. La obsesión de Rimbaud es el dinero que ha de permitirle obtener una posición social y el mayor bienestar material. Los afanes literarios se han volatilizado. Al margen de sus actividades mercantiles, sólo le atraen ciertas investigaciones geográficas. No lee más que libros de carácter técnico y científico, sobre topografía, etnología o historia natural.



Arthur Rimbaud en Harar (1883)

Rimbaud escribe cartas, la mayoría de las cuales van dirigidas a su madre y a su hermana, aparte de la correspondencia oficial y la derivada de sus gestiones empresariales. En estas cartas —publicadas póstumas en 1899 bajo el título Lettres, Égypte, Arabie, Éthiopie—, hay una posliteratura: la literatura para después del diluvio. Una prosa correcta pero suelta, concisa, incluso desatendida, también irónica, satírica o sarcástica. Quien tuvo, retuvo. Quizás estas lettres ponen el punto final a la literatura (esto que viene a continuación es para morirse de risa) como sustancia histórica. En el epistolario abisinio sobreviven, no obstante, eventuales sedimentos de inquietud poética, reminiscencias de la plaga emocional: aburrimiento, deterioro físico, la ansiedad del nomadismo, el matrimonio, los hijos, la muerte, el ahorro, los rigores del clima. Sobrevive un impulso que confiere al contenido de las cartas un trasfondo enigmático pero despojado de todo patetismo, en un estilo que aniquila la superstición del estilo y las mixtificaciones de la subjetividad neurotizada por las insalubres fantasías de los ideales artísticos. En 1887, “el hombre de las suelas de viento” —y esto es lo fundamental— disponía en el Crédit Lyonnais de El Cairo de unos fondos que ascendían, como mínimo, a 75.000 euros, cerca de doce millones y medio de pesetas, lo que, para esas fechas, no era moco de pavo. Y esto independientemente de otros depósitos no localizados ni cuantificados.



La casa de Arthur Rimbaud en Harar

Arthur el africano se hace fatalista: “Como los musulmanes, sólo sé que lo que sucede, sucede, eso es todo”. Utilizaba como precinto un sello de cera con la inscripción Abdoh Rinbo, o sea, “Rimbaud, sevidor de Dios”. Dicho fatalismo condiciona la incisiva austeridad de sus escritos. El informe relativo a la primera expedición a Ogadine (10 de diciembre de 1883) es una pieza sin duda magistral. Sobre las costumbres de sus habitantes dice: “También usan flechas envenenadas. El veneno llamado ouabay, que se emplea en todo el país somalí, se saca de raíces machacadas y hervidas de un arbusto. Les mandamos la muestra. Según cuentan los somalíes, alrededor de este arbusto siempre hay restos de serpientes, y todos los árboles cercanos se secan. Este veneno actúa con bastante lentitud, porque los indígenas heridos por estas flechas (que también se emplean como armas de guerra) se cortan la zona afectada y se salvan”. Este es el tono frío de una novela de terror en parajes exóticos.

Se aproxima el final. La comunicación con su familia decrece. En una carta del 25 de febrero de 1890 explica las causas de su mutismo, que muy pronto será definitivo: “No os sorprendáis de mi silencio: el motivo principal es que nunca encuentro nada interesante que contaros. Viviendo en uno de estos países nunca hay nada que contar. Desiertos poblados de estúpidos negros, sin caminos, sin correo, sin viajeros: ¿qué queréis que os escriba? Que nos aburrimos, que no sabemos qué hacer, que nos embrutecemos; que todo el mundo está hasta la coronilla, pero que nadie puede irse, etc. Eso es todo lo que se puede contar; y como no resulta divertido, lo mejor es callarse”. Igual que Wittgenstein.






miércoles, 30 de julio de 2008

Carlos Manuel López Ramos. Freud como novelista o la venganza de Freud






Introducción


Eso de que Freud fue más un excelente novelista que un científico viene de lejos. Parece ser que Breuer le dijo esto mismo en la cara: “Nunca tuviste aptitudes de científico. Un poeta, un hombre de imaginación es más propio de ti. (…) Estás fascinado por lo que tú llamas la mente, no el cerebro, no el sistema nervioso; por esa cosa invisible e informe que los teólogos denominan alma”. Pero ser un novelista a veces consiste en ir más allá de la ciencia en el conocimiento de la verdad. Sin embargo, no es tanto la verdad lo que aquí interesa como la escritura sobre la verdad. (A la izquierda: Sigmund Freud desnudo 2. Fotomontaje de Yves Le Bail. flickr c.c.)

Se ha dicho que los libros de Freud constituyen un exponente de la narrativa fantástica de finales del siglo XIX y principios del XX, dentro de una corriente estética en la que, de entrada, convergen elementos del simbolismo y posteriormente del expresionismo, además de importantes factores realistas, pero de un realismo siempre turbador y un tanto hermético. Nadie pone en duda su condición de pater innatus del onirismo surrealista. Freud no hizo ciencia-ficción sino ficción de la ciencia: el hábitat imaginativo en el que el ya de por sí inverosímil médico vienés desempeñó un eminente papel de precursor. En el amplio espectro de formalizaciones de su obra conviven varias modalidades de género: desde la novela erótica (obviamente), el relato detectivesco y el cuento gótico hasta la novela pastoril, la autobiografía, el cuento infantil y algunos otros procedimientos textuales de especial singularidad. Una lectura de la obra de Freud desde el ángulo de la creación artística es, quizás, la única lectura viable. Lo que no deja de ser un visión ya caduca del fingido psiquiatra obsesionado con Edipo y el hábito masturbatorio.

Freud. Collage de alterna6969 (flickr c.c.)

La materia erótico-sexual funciona como dimensión estructurante de la literatura freudiana que, en su época, no fue ajena al escándalo, hasta que la praxis psicoanalítica se convirtió en una moda al alcance de cualquier contribuyente altoburgués con irrefrenables inquietudes morbosas.

Freud poseyó una indiscutible energía como fabulador y un dominio extraordinario de la lengua alemana. Su prosa es seductora, precisa, segura, elegante, llena de matices, perfecta en sus conexiones, fluida y al mismo tiempo de acusado relieve. Siempre se ha reconocido el notable valor literario de sus escritos, que, al día de hoy, continúan conservando una estimulante y reciclada modernidad compatible con su ya definitiva categoría de clásico. Cuando Freud formula su tesis sobre la trascendente vinculación entre el dinero y los excrementos, previamente había estudiado esa etapa en que los niños juegan con sus propias deposiciones. Primero empleó el término Absonderungstoffe (desechos), para luego rectificar, en aras de una mayor claridad, y quedarse con la voz Scheisse (mierda), más familiar, más del pueblo (sustratos casticistas), tal vez más vulgar, pero también más conmovedora. En el fondo era un sentimental.

Sala de espera del consultorio de Freud en Viena

Según Carlos Castilla del Pino: “Freud es un personaje muy contradictorio. Por una parte, trata de hacer del psicoanálisis una ciencia, de conferirle rango científico a sus hallazgos. Pero ninguno de ellos es contrastable, sino meramente inferible. No en balde había sido discípulo del gran Brentano, maestro a su vez de Husserl, y, por tanto, se puede decir que en muchos trabajos de psicopatología hace fenomenología sin saberlo. Pese a la cientificidad que confiere a sus conjeturas, ve con pavor cómo éstas se ponen en entredicho por sus seguidores. Entonces no se le ocurre otra cosa que crear un círculo de fieles, a cada uno de los cuales le da un anillo y se juramentan ante él mantener la pureza de sus afirmaciones. Es el paso a la secta… Si el psicoanálisis como terapia (salvo para los ‹‹sanos››) es ineficaz, sus aportaciones a la psico(pato)logía son formidables: la proyección e introyección, los mecanismos de defensa, la teoría del narcisismo, el análisis de la pena y la melancolía, el de la pérdida del sentido de realidad en la psicosis… Son aportaciones que me parecen definitivas. Muchos de los que las usan ni saben que son concepciones freudianas. Y por otra parte está el Freud pensador, el de El porvenir de una ilusión, el de El malestar en la cultura: se trata de obras empotradas ya en la dársena de la cultura occidental”. (Anna Caballé: Carlos Castilla del Pino. Cinco conversaciones sobre la psiquiatría, la felicidad, la melancolía, los libros…, Península, Barcelona, 2005).

Carlos Castilla resalta una faceta fundamental de Freud como es la de pensador, la cual enlaza directamente con sus dotes literarias. El psicoanálisis (después de haber sido sometido a una rigurosa y necesaria criba) no es una ciencia, pero tal vez sea algo más que una ciencia, algo que contribuye, de una forma peculiar y esotérica, al conocimiento del ser humano. De hecho, la terapia psicoanalítica aparece, desde hace mucho tiempo, en los catálogos de psudociencias elaborados por universidades e instituciones de indiscutible prestigio. El psicoanálisis ha sido considerado como un lenguaje teológico que manipula evidencias con la finalidad de sostener sus hipótesis; se ha afirmado que las conclusiones del psicoanálisis divergen radicalmente de aquellas que se derivan de disciplinas auténtica y estrictamente científicas, como la neurobiología, la biología molecular o la bioquímica cerebral, las cuales no incorporan a sus respectivos métodos esa entidad fantasmagórica de la mente, que vendría a ser un sustitutivo laico del alma inmortal declarada por las religiones. De las intuiciones del analista sobre el inconsciente del enfermo no se pueden derivar reglas y leyes objetivas, aseguran los detractores de la teoría freudiana.

El diván original del doctor Freud

Todo en la sesión analítica se orienta automáticamente hacia la configuración de un drama. Desde el diván y la iluminación hasta el ocultamiento del analista que finge no sólo su evaporación en el espacio sino su ascenso a un plano superior y místico. Una voz que baja del firmamento. A renglón seguido empieza el peligroso laberinto de transferencias y contratransferencias, un seísmo dialéctico “entre fantasía y realidad, pasión y razón, libertad de sentimiento y contención de conducta” (Janet Malcolm. Psicoanálisis: la profesión imposible, Gedisa, Barcelona, 2004. La mayor parte de esta obra fue publicada entre 1980 y 1981 en The New Yorker) El paciente alberga, tanto hacia la técnica terapéutica como hacia el analista, expectativas de naturaleza mágica. Como decía Leonardo Sciascia, se inaugura el “exorcismo psicoanalítico”. A pesar de todo, a lo largo de esta ceremonia de brujería se desvelan ciertas verdades respecto a los protagonistas de la misma. Unas son verdades exclusivamente subjetivas y otras más o menos susceptibles (a la baja) de generalización. Pero son verdades que pueden tener una constatación empírica en lo más secreto del vacío humano, así como una representación a través de sedimentos simbólicos superpuestos que se activan en la superficie de la realidad, y cuyas conmociones resultantes no son demostrables pero sí verificables. Son verdades verdaderas y al mismo tiempo falsas; pero, aun bajo este signo contradictorio, no son más que lo que se entiende comúnmente por verdades: verdades de una veracidad práctica. La curación, según las estadísticas, casi nunca se produce.

El diván ocupado por una paciente insatisfecha consigo misma

Freud engañaba a sus pacientes y éstos también lo engañaban a él. Esta falsedad recíproca es consustancial al psicoanálisis, pero no deja de ser el aspecto literariamente más atractivo del proceso. Si el analista inventa al paciente, el paciente hace lo propio con el analista. Es una situación fascinante. Freud levantó un sistema de pensamiento ilusorio en relación al fenómeno humano. Ni una ciencia ni una filosofía. David Freedman escribía en 1969: “No estoy muy seguro de qué quiere decir la gente cuando afirma que Freud tenía razón, o cuando afirma que no la tiene, porque siempre la tiene y no la tiene”.

sábado, 28 de junio de 2008

Jesús Fernández Palacios entre signos y segmentos.









Historia de un libro

En 1991 —y bajo el sello de La General— apareció en Granada Signos y segmentos (1971-1990), una antología poética de Jesús Fernández Palacios (Cádiz, 1947) realizada por él mismo y prologada por Luis García Montero. A finales de 2007 vio la luz una nueva edición revisada, corregida y aumentada (con 24 poemas inéditos) de dicho trabajo antológico, también a cargo del propio poeta: varían los límites cronológicos (ahora desde 1971 hasta 2000), pero no el acertado y sugestivo título de la primera entrega, compuesto a raíz de un comentario que sobre la poesía de Fernández Palacios efectuara, en su momento, Carlos Edmundo de Ory. Tenemos en nuestras manos un volumen de impecable y atractiva factura puesto en circulación por la madrileña editorial Calambur: Signos y segmentos. Segunda Antología. Nos encontramos, pues, como afirma el poeta gaditano, ante un concepto juanramoniano de “obra en marcha”, una obra que va desarrollándose en términos de reescritura y agregación, pero, sobre todo, de integración de materiales configurados por una serie de líneas evolutivas ligadas, a su vez, a la permanencia codificada de una serie de factores esenciales. Resulta evidente la vinculación que pudiera establecerse con la idea de work in progress, modelo discursivo adscrito, entre otros casos especiales, al Joyce de Finnegan’s wake o al Jorge Guillén de Cántico. Un trabajo inacabado, es decir, en continuo dinamismo, cuyo proceso interminable avanza a través de una acción constructiva-reconstructiva del conjunto textual que reviste un carácter particularmente complejo, y que, por supuesto, no constituye el camino más fácil en cuanto a un aspecto tan fundamental como es el de la estructura orgánica de un determinado proyecto creativo. El dispositivo sistemático y metodológico denominado Signos y segmentos se convierte así en el eje esencial de creación y composición de la poesía de Jesús Fernández Palacios, aunque cabría matizar que sin menoscabo de sus aparatos líricos precedentes, como son Poemas anuales (México, 1976), El ámbito del tigre (Sevilla, 1978), De un modo cotidiano (Madrid, 1981), Coplas de Israel Sivo (Madrid, 1982) y Los poemas de Sakina (Bilbao, 1997).


De izquierda a derecha: Carlos Edmundo de Ory, Jesús Fernández Palacios y el cantautor Fernando Polavieja. Cádiz 2008.


El mundo nunca es suficiente

Europeísmo y cosmopolitismo son, en principio, dos notas que servirían para ir especificando no sólo el ámbito temático sino también el territorio estilístico, el temperamento y la actitud básica de Fernández Palacios como poeta e intelectual. Bajo el impulso de amplio espectro aportado por la singularidad de un maestro como Ory, en un contexto de múltiples dimensiones receptivas generado por la excitante oleada del 68, Palacios asimiló un abundante y rico repertorio de corrientes nutricias. De esta manera, a su conocimiento profundo y respetuoso de la tradición española, sumó contribuciones de primer orden tales como las vanguardias ya entonces “clásicas” (dadaísmo, cubismo, expresionismo, surrealismo, Generación del 27, postismo, etc.); las grandes tendencias renovadoras de origen hispanoamericano (César Vallejo, sobre todo, pero también Huidobro, Lezama Lima, Neruda o Gonzalo Rojas) o la beat generation, seguida del poderoso movimiento contracultural norteamericano, así como, obviamente, el imprescindible caudal lírico desencadenado en este país por el Grupo Poético del 50. Pero el mayor mérito de Fernández Palacios ha sido, aparte de su gran capacidad para digerir tantos y tan variados créditos, el haber sabido hacerlo con una infrecuente pericia y una aún mayor naturalidad, hasta tal punto que su poesía nada tiene que ver con flatulentos culteranismos, insoportables extravagancias o falaces novelerías. Ha sido siempre la suya una expresión sometida desde sus inicios a unas estrictas pautas selectivas, a una estrategia de rechazo de lo superfluo, de concienzuda medición de fuentes y recursos. Ningún procedimiento técnico, por audaz o radicalmente trasgresor que éste fuera, ha hecho nunca mella en la claridad y virtud comunicativa de sus versos.


París, mayo de 1968


El hecho de vivir

Decía Edmund Wilson que “el arte se origina en la necesidad de pretender que la vida humana es otra cosa de lo que es, y en cierto sentido, con esta pretensión se logra en algún punto transformarla”. El hecho de vivir es quizás el móvil operativo por excelencia en la poesía de Jesús Fernández Palacios: desde lo cotidiano a lo histórico, desde lo íntimo a lo político, desde el amor y la amistad a la muerte, desde la visión entusiasta de lo más gratificante hasta la más profunda aflicción o el malestar causado por circunstancias adversas y condicionamientos desfavorables. La vida como suceso intransferible y fenómeno irrenunciable discurre por su obra concretando la índole categóricamente afirmativa de su escritura, del ideario que la preside, del aliento emocional que la define: En los días la ciudad desaparece, / busca la vida, / en la melancolía halla la vida / quien se deja visitar / por cosa extraña cualquiera / y luego vocifera por las calles / su delirio. La premeditada maquinaria de Signos y segmentos consigna las estaciones de un recorrido artístico y testimonial, las escalas de un viaje concebido como descubrimiento diario de la palabra en su función más eminente: la imagen, la razón discordante, la denuncia, el cuerpo, la parodia, la entrega, los afectos, y todo ello a partir del sustrato más decisivo de la experiencia vital.

Aceptación lúcida y crítica de la vida: Aunque sea noche en este corazón deshecho / y en la luz que olfatea la retina / se manifieste la decadencia del árbol / que el aire azota / o el auge ficticio de la rama que presume de ritmo en su parálisis / Seguiré viviendo. Las distintas vertientes intencionales confluyen en los textos poniendo de relieve la desafiante pluralidad que sostiene cada hora, cada instante. Todo se concuerda en una paciente tarea sobre el lenguaje, el ritmo, la distorsión experimental, el ejercicio concluyente de cada verso: Mínima o máxima es un dedal oscuro / un simulacro de despedida / y el hombre es la presencia. Y un ejemplo admirable de esa tenaz y esmerada labor lo tenemos en la prodigiosa confesión de ‘Diez momentos tristes’: la sorprendente nitidez de Mi mano es un metal miedoso / ligero como el lino limpio; el incisivo escepticismo rozado por una sombra de burla en Y siempre sí dirán tus herederos / mis herejías en latín / tus letanías como leyendas / Siempre habrá una melodía / para este corazón de alambre enamorado. Lengua poética de altura técnica poco común, justamente por esa clave tan marcadamente hispánica de la recíproca influencia entre el vasto patrimonio de la tradición y el instinto elemental de las sucesivas modernidades. Curtido por extenso en los engranajes del juego verbal, el indiscutible acierto idiomático de Fernández Palacios se condensa en la fórmula de un estudiado equilibrio inmune a los señuelos de tantas socorridas exuberancias dictadas por la picaresca o el oportunismo, aun tratándose de un poeta declaradamente inconformista en cuanto a la exteriorización lingüística, como refleja su estimulante confianza en César Vallejo: He sentido hace rato / su manjar melancólico: / yaraví fervoroso / de difícil gramática; / me ha vibrado esa voz / —emotiva garganta— / como un látigo recio / que marcase mi espalda.


Jesús Fernández Palacios con José Manuel Caballero Bonald.


Energía cívica


Todas las directrices argumentales de esta poesía convergen, conectadas entre sí, en un mismo espacio de coherencia suscitado por ese recurrente y sustancial vitalismo que opera sobre ellas como ingrediente catalizador; originando, además, esa atractiva profusión de registros —organizados en función de un riguroso criterio de idoneidad entre motivos y formas— perceptible en las piezas reunidas en Signos y segmentos: cohabitación de registros tanto en orden a la totalidad de la antología como en el interior de un extenso número de textos.
Lejos de toda complacencia, la vida también exige una irrevocable energía ética y cívica frente a los desafueros históricos, la injusticia, la opresión, el irracionalismo antihumano en todas sus versiones: Sobre mis párpados la cabeza del siglo / con su ceremonioso ropaje de bufón: / me sorprende, se identifica, me describe / su pasado, luego retorna tiempo, / metal gastado en los caballos / de la vida, en lo anillos rojos / retorna el siglo nauseabundo que muerde / la infame cola de la bestia. La censura de esa ubicua sinrazón conlleva un notable y eficaz endurecimiento de los enunciados, un énfasis del tono de protesta social y política que se traduce en imágenes de acentuada aspereza: Hábito de madriguera, los animales, / por uso los animales / salen de sus colmenas / las abejas silvestres, / y los asnos de Europa / se colocan máscaras o togas / y se bañan en perfumes cualesquiera.


George Grosz: Los pilares de la sociedad, 1926


Poética de lo cotidiano

Aseguraba Walter Benjamin que "Más bien penetramos en el misterio sólo en el grado en que lo reencontramos en lo cotidiano por virtud de una óptica dialéctica que percibe lo cotidiano como impenetrable y lo impenetrable como cotidiano". Una de las representaciones simbólicas de mayor peso en Signos y segmentos es la casa, el ámbito doméstico, el recinto de los seres queridos, las figuras familiares, los aposentos predilectos: Tengo el deseo urgente / de volver a nuestra casa / que me abra la puerta la ternura / y el niño de la mano de Sakina / sea el presagio de libertad / que estamos esperando. El acontecimiento capital de sentirse libre en plena comunicación con las personas más cercanas, el circuito de las estimaciones más sencillas y saludables, a pesar de todo lo que allí concurre para poner a prueba las certidumbres: las ausencias, las dudas (¿No es fracaso la vida siempre llena de muerte?), el tiempo huido, toda la desazón que se acumula en la memoria: La casa va siendo de otros con la edad / Se pierden las sillas tapizadas / Esa habitación del friso inexplicable / Y el abanico que es herencia / Así el camino deshecho. Versos y palabras para todo aquello que realmente importa en el devenir de la existencia. Sin embargo, el remate de este libro salta por encima de la inquietud y el desconcierto mediante una acrobacia que retrata con suma fidelidad a su autor, quien decide rescatar, en esta maniobra de cierre, su ironía más afilada y traviesa. En la última página retorna el Fernández Palacios de aquellas coplas excitantes y genialmente perversas de los años setenta (Esta mano cerbatana / equilátero cadáver / de la noche a la mañana); regresa el incorregible agent provocateur que siempre ha sido con una 'Despedida' que, para ser exactos, no tiene precio: Te extrañará si te digo / que al marcharme de esta casa / te dejo un hilo de guasa / para que enhebres la aguja / del tejido de la vida...

Carlos Manuel López Ramos

miércoles, 27 de febrero de 2008

Carlos Manuel López Ramos sobre Derrida


Sobre la diseminación o dispersión del sentido en una imagen aleatoria. Posibilidad de desautomatización del lenguaje iconográfico mediante una diéresis entre el significado explícito y la tentativa de interpretación (la rosa separada de Neruda: un vacío oceánico, una pobre pregunta). A propósito de este insípido argumento, Jacques Derrida afirmaba lo siguiente en una entrevista ("Sobre la fenomenología". Staccato, 6 de abril de 1999): "Describir la cosa tal y como aparece, es decir, sin presuposiciones especulativas o metafísicas de ningún género, debería resultar sencillo. Por lo demás, Husserl dijo, en un momento dado, que la fenomenología era un gesto «positivo», es decir, que sabía liberarse de toda presuposición teórica especulativa, de todo prejuicio, para volver al fenómeno, el cual, por su parte, no designa simplemente la realidad de la cosa sino la realidad de la cosa en tanto en cuanto aparece, el phainesthai, que es el aparecer en su resplandor, en su visibilidad, de la cosa misma. Cuando describo el fenómeno, no describo la cosa en sí misma, por así decirlo, más allá de su aparecer, sino su aparecer para mí, tal y como se me aparece".

Aquel Hamlet heideggeriano que en 1967 publicó El teatro de la crueldad y la clausura de la representación se interrogaba entonces: "¿Puede decirse que Artaud hubiese rehusado dar el nombre de representación al teatro de la crueldad? No, con tal de que se clarifique bien el difícil y equívoco sentido de esta noción. [...] Ciertamente, la escena no representaría más, puesto que no volvería a añadirse como una ilustración sensible a un texto ya escrito, pensado o vivido fuera de ella y que ella no haría más que repetir sin constituir su trama". Pero, ¿por qué Artaud? ¿Sería por aquello de ir a por todas contra el logocentrismo? "Hay entre el principio del teatro y el de la alquimia una misteriosa identidad de esencia", afirma Artaud en El teatro y su doble. Y añade: "Allí donde la alquimia, por sus símbolos, es el Doble espiritual de una operación que sólo funciona en el plano de la materia real, el teatro debe ser considerado también como un Doble, no ya de esa realidad cotidiana y directa de la que poco a poco se ha reducido a ser la copia inerte, tan vana como edulcorada, sino de otra realidad peligrosa y arquetípica, donde los principios, como los delfines, una vez que mostraron la cabeza se apresuran a hundirse en las aguas oscuras".


La voz de Antonin Artaud

Este temprano acercamiento a Artaud dejaba entrever un futuro de escepticismo ilimitado, con la diferencia, a favor del autor de El ombligo de los limbos, de que éste era un literato, un poeta, mientras que Derrida era un filósofo que intentaba, como decía Prisciliano en su Tratado VIII (o del Salmo Tercero), "indagar las obras visibles en el secreto invisible de la mente". De alguna manera, Jacques Derrida se hallaba conectado a ciertos misterios ancestrales, aunque en El teatro de la crueldad y la clausura de la representación incurriera en una notable ingenuidad órfica y eleusina que lo condujo a ser víctima, al menos momentánea, de la utopía de la imagen. En el caso de la teoría dramática de Antonin Artaud, se trataría claramente del rechazo a la tiranía del texto escrito. Escribió Paracelso en De rerum natura libri novem que "la generación de todas las cosas naturales es doble: la que la naturaleza produce sin el Arte y la que se efectúa con el Arte, por medio de la Alquymia". ¿Qué hace ahí esa i griega? Según Emmanuel d'Hooghvorst (Virgilio alquymista) "la Y es una letra con dos astas, la una se inclina hacia la derecha y la otra hacia la izquierda. Es la imagen de las dos enseñanzas contenidas en la misma letra. Por el don del Intelecto, los Inteligentes escogen la vía de la derecha, es decir, que siguen el verdadero sentido. También se lo llama la vía estrecha, pues es poco recorrida (Lucas, 13, 24). Los que siguen la vía izquierda o siniestra, guiados sólo por la razón, llegan al Tártaro, donde conocen el furor corrosivo".

Antonin Artaud (1896-1948)

Artaud era simultáneamente partidario y enemigo de la alquimia; crea para sí mismo una fraseología delirante inspirada en expresiones alquímicas:

"Veneno sel ser"
"Desmineralización del espíritu"
"Anorexia del alma"
"La caca es la materia del alma"
"El olor del culo eterno de la muerte"
"Lo Increíble es la Verdad"
"Esta hecatombe, esta mezcla de fuegos extinguidos"
"La transferencia por deportación"
"Las ratas de lo incondicionado"
"Los bebedores de esperma"
"La carne gata que se copula con patrón-gato"
"El cuerpo sin órganos"
"El actual cuerpo humano es un averno"
"La argolla del ser o de la ley"
"Un desequilibrio del vértice del corazón"
"Mi familia que no es de la tierra sino del cielo"
"La vida consiste en arder en preguntas"
"Espíritu-órgano"
"Espíritu-traducción"
"Espíritu-intimidación-de-las-cosas"
"El espacio era medible y crujiente"
"Sangre vegetal y retumbante"
"La virgen-del-martillo"
"Paolo Uccello no tiene nada en su vestimenta"
"El aire es como una música helada"
"El Espíritu siembra su fósforo"
"Tiemblan vitriolos vivientes"
"El pesa-nervios"
"Un nudo de asfixia central"
"Encrucijada de las separaciones"
"Trabajo en la única duración"

Y así sucesivamente.

Si tanto Artaud como Derrida (ambos contrarios a la supremacía de la razón) pretendían alcanzar las más oscuras incógnitas de la existencia es algo que no sabremos nunca. En la misma obra citada anteriormente, Paracelso afirma: "Puede decirse, sin embargo, que en la naturaleza, todas las cosas se producen con la ayuda de la putrefacción. Ciertamente, la putrefacción es el grado más elevado y el primer inicio de la generación que comienza con un calor húmedo" (De rerum... Versión en español: La naturaleza de las cosas en nueve libros, Obelisco, Barcelona, 2007). La putrefacción para Artaud tenía que ver con el "clítoris de la cruz cristiana" (Cartas a André Breton, Pequeña Biblioteca Calamvs Scriptorivs, Barcelona-Palma de Mallorca, 1977. "Carta del 28 de febrero de 1947", págs. 79-85). Eso del clítoris de una cruz es una jovial ocurrencia típicamente artaudiana equivalente a hablar del pene del frigorífico o de la vagina de la mesa camilla. Para Derrida (que concibió la filosofía como una estrategia de lectura-escritura sobre textos en una cadena infinita de intuiciones paradójicas) la putrefacción es, evidentemente, una fuerza deconstructiva, lo que constituye un error de bulto sólo explicable por el carácter desmesuradamente irracionalista de su pensamiento que termina convirtiéndose en un metalenguaje que a su vez no es sino pura logomaquia. Este fragmento de la Introducción al narcisismo de Freud tiene todo el aspecto de un juicio premonitorio sobre el subjetivismo sistemático de Derrida: "La vida anímica infantil y primitiva muestra, en efecto, ciertos rasgos que si se presentaran aislados habrían de ser atribuidos a la manía de grandeza, una hiperestimación del poder de sus deseos y actos psíquicos, la omnipotencia de las ideas, una fe en la fuerza mágica de las palabras y una técnica contra el mundo exterior, la magia, que se nos ofrece como una aplicación consecuente de tales premisas megalómanas". Derrida, que reconocía haber estudiado poco a Wittgenstein, dejó un texto autógrafo para que fuese leído en su sepelio. Curiosamente, en dicho texto el fílósofo francés aludía a una prolongación discursiva más allá de las últimas fronteras. Hubo quienes entendieron que Derrida creía en la deconstrucción post mortem. Otros, por el contrario, aseguraron que sólo se trataba de una repentina metáfora. He aquí el documento (redactado en una extraña y ambigua tercera persona que termina siendo ninguna persona) reproducido en su integridad:

Jacques no quiso ni ritual ni oración. Sabe por experiencia qué prueba supone para el amigo que se hace cargo. Me pide que os agradezca el haber venido, que os bendiga, os ruega que no estéis tristes, que no penséis más que en los numerosos momentos dichosos que le habéis dado la posibilidad de compartir con él.
Sonreídme, dice, como yo os habré sonreído hasta el final.
Preferid la vida y afirmad sin descanso la sobrevida...
Os amo y os sonrío desde donde quiera que esté.