miércoles, 30 de julio de 2008

Carlos Manuel López Ramos. Freud como novelista o la venganza de Freud






Introducción


Eso de que Freud fue más un excelente novelista que un científico viene de lejos. Parece ser que Breuer le dijo esto mismo en la cara: “Nunca tuviste aptitudes de científico. Un poeta, un hombre de imaginación es más propio de ti. (…) Estás fascinado por lo que tú llamas la mente, no el cerebro, no el sistema nervioso; por esa cosa invisible e informe que los teólogos denominan alma”. Pero ser un novelista a veces consiste en ir más allá de la ciencia en el conocimiento de la verdad. Sin embargo, no es tanto la verdad lo que aquí interesa como la escritura sobre la verdad. (A la izquierda: Sigmund Freud desnudo 2. Fotomontaje de Yves Le Bail. flickr c.c.)

Se ha dicho que los libros de Freud constituyen un exponente de la narrativa fantástica de finales del siglo XIX y principios del XX, dentro de una corriente estética en la que, de entrada, convergen elementos del simbolismo y posteriormente del expresionismo, además de importantes factores realistas, pero de un realismo siempre turbador y un tanto hermético. Nadie pone en duda su condición de pater innatus del onirismo surrealista. Freud no hizo ciencia-ficción sino ficción de la ciencia: el hábitat imaginativo en el que el ya de por sí inverosímil médico vienés desempeñó un eminente papel de precursor. En el amplio espectro de formalizaciones de su obra conviven varias modalidades de género: desde la novela erótica (obviamente), el relato detectivesco y el cuento gótico hasta la novela pastoril, la autobiografía, el cuento infantil y algunos otros procedimientos textuales de especial singularidad. Una lectura de la obra de Freud desde el ángulo de la creación artística es, quizás, la única lectura viable. Lo que no deja de ser un visión ya caduca del fingido psiquiatra obsesionado con Edipo y el hábito masturbatorio.

Freud. Collage de alterna6969 (flickr c.c.)

La materia erótico-sexual funciona como dimensión estructurante de la literatura freudiana que, en su época, no fue ajena al escándalo, hasta que la praxis psicoanalítica se convirtió en una moda al alcance de cualquier contribuyente altoburgués con irrefrenables inquietudes morbosas.

Freud poseyó una indiscutible energía como fabulador y un dominio extraordinario de la lengua alemana. Su prosa es seductora, precisa, segura, elegante, llena de matices, perfecta en sus conexiones, fluida y al mismo tiempo de acusado relieve. Siempre se ha reconocido el notable valor literario de sus escritos, que, al día de hoy, continúan conservando una estimulante y reciclada modernidad compatible con su ya definitiva categoría de clásico. Cuando Freud formula su tesis sobre la trascendente vinculación entre el dinero y los excrementos, previamente había estudiado esa etapa en que los niños juegan con sus propias deposiciones. Primero empleó el término Absonderungstoffe (desechos), para luego rectificar, en aras de una mayor claridad, y quedarse con la voz Scheisse (mierda), más familiar, más del pueblo (sustratos casticistas), tal vez más vulgar, pero también más conmovedora. En el fondo era un sentimental.

Sala de espera del consultorio de Freud en Viena

Según Carlos Castilla del Pino: “Freud es un personaje muy contradictorio. Por una parte, trata de hacer del psicoanálisis una ciencia, de conferirle rango científico a sus hallazgos. Pero ninguno de ellos es contrastable, sino meramente inferible. No en balde había sido discípulo del gran Brentano, maestro a su vez de Husserl, y, por tanto, se puede decir que en muchos trabajos de psicopatología hace fenomenología sin saberlo. Pese a la cientificidad que confiere a sus conjeturas, ve con pavor cómo éstas se ponen en entredicho por sus seguidores. Entonces no se le ocurre otra cosa que crear un círculo de fieles, a cada uno de los cuales le da un anillo y se juramentan ante él mantener la pureza de sus afirmaciones. Es el paso a la secta… Si el psicoanálisis como terapia (salvo para los ‹‹sanos››) es ineficaz, sus aportaciones a la psico(pato)logía son formidables: la proyección e introyección, los mecanismos de defensa, la teoría del narcisismo, el análisis de la pena y la melancolía, el de la pérdida del sentido de realidad en la psicosis… Son aportaciones que me parecen definitivas. Muchos de los que las usan ni saben que son concepciones freudianas. Y por otra parte está el Freud pensador, el de El porvenir de una ilusión, el de El malestar en la cultura: se trata de obras empotradas ya en la dársena de la cultura occidental”. (Anna Caballé: Carlos Castilla del Pino. Cinco conversaciones sobre la psiquiatría, la felicidad, la melancolía, los libros…, Península, Barcelona, 2005).

Carlos Castilla resalta una faceta fundamental de Freud como es la de pensador, la cual enlaza directamente con sus dotes literarias. El psicoanálisis (después de haber sido sometido a una rigurosa y necesaria criba) no es una ciencia, pero tal vez sea algo más que una ciencia, algo que contribuye, de una forma peculiar y esotérica, al conocimiento del ser humano. De hecho, la terapia psicoanalítica aparece, desde hace mucho tiempo, en los catálogos de psudociencias elaborados por universidades e instituciones de indiscutible prestigio. El psicoanálisis ha sido considerado como un lenguaje teológico que manipula evidencias con la finalidad de sostener sus hipótesis; se ha afirmado que las conclusiones del psicoanálisis divergen radicalmente de aquellas que se derivan de disciplinas auténtica y estrictamente científicas, como la neurobiología, la biología molecular o la bioquímica cerebral, las cuales no incorporan a sus respectivos métodos esa entidad fantasmagórica de la mente, que vendría a ser un sustitutivo laico del alma inmortal declarada por las religiones. De las intuiciones del analista sobre el inconsciente del enfermo no se pueden derivar reglas y leyes objetivas, aseguran los detractores de la teoría freudiana.

El diván original del doctor Freud

Todo en la sesión analítica se orienta automáticamente hacia la configuración de un drama. Desde el diván y la iluminación hasta el ocultamiento del analista que finge no sólo su evaporación en el espacio sino su ascenso a un plano superior y místico. Una voz que baja del firmamento. A renglón seguido empieza el peligroso laberinto de transferencias y contratransferencias, un seísmo dialéctico “entre fantasía y realidad, pasión y razón, libertad de sentimiento y contención de conducta” (Janet Malcolm. Psicoanálisis: la profesión imposible, Gedisa, Barcelona, 2004. La mayor parte de esta obra fue publicada entre 1980 y 1981 en The New Yorker) El paciente alberga, tanto hacia la técnica terapéutica como hacia el analista, expectativas de naturaleza mágica. Como decía Leonardo Sciascia, se inaugura el “exorcismo psicoanalítico”. A pesar de todo, a lo largo de esta ceremonia de brujería se desvelan ciertas verdades respecto a los protagonistas de la misma. Unas son verdades exclusivamente subjetivas y otras más o menos susceptibles (a la baja) de generalización. Pero son verdades que pueden tener una constatación empírica en lo más secreto del vacío humano, así como una representación a través de sedimentos simbólicos superpuestos que se activan en la superficie de la realidad, y cuyas conmociones resultantes no son demostrables pero sí verificables. Son verdades verdaderas y al mismo tiempo falsas; pero, aun bajo este signo contradictorio, no son más que lo que se entiende comúnmente por verdades: verdades de una veracidad práctica. La curación, según las estadísticas, casi nunca se produce.

El diván ocupado por una paciente insatisfecha consigo misma

Freud engañaba a sus pacientes y éstos también lo engañaban a él. Esta falsedad recíproca es consustancial al psicoanálisis, pero no deja de ser el aspecto literariamente más atractivo del proceso. Si el analista inventa al paciente, el paciente hace lo propio con el analista. Es una situación fascinante. Freud levantó un sistema de pensamiento ilusorio en relación al fenómeno humano. Ni una ciencia ni una filosofía. David Freedman escribía en 1969: “No estoy muy seguro de qué quiere decir la gente cuando afirma que Freud tenía razón, o cuando afirma que no la tiene, porque siempre la tiene y no la tiene”.

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