domingo, 19 de abril de 2009

La Santísima Trinidad o el falseamiento de un dogma

Por Fernando-Jaime Echevarría (Firma invitada)





Los secretos de Dios son secretos íntimos hasta en las habitaciones de los prostíbulos, donde la fórmula politeísta de la Santísima Trinidad se desvanece en una atmósfera viciada. Lo del sagrario ya se sabe que es una sutileza platónica. Todo misterio divino comienza con la inmovilidad física y neurológica del contemplativo para terminar en la impudicia de los inmortales. Misterio inaccesible a todos los heresiarcas, profetas suburbanos, visionarios de la ebriedad, sacerdotisas en la ninfomanía, apóstoles neo-gnósticos, taumaturgos de la serpiente y demás impostores que creen en la existencia de un organismo intermediario entre el ser y aquello que está más allá del ser: no por hipótesis. Todo es materia, siendo Dios materia perfecta en la constante eficacia de su despliegue: no de creación: porque la nada no es ni anterior ni posterior al ser, debido a que la nada es un imposible en estado puro y en la exactitud de su irrealidad. No se inspira el creyente en Dios. El creyente respira junto a Dios como resultado de una licuación metapsíquica que es el encuentro entre dos entidades corporales poseídas por la misma osadía, por el mismo espanto, por la misma alarma. Dios es la materia y el abismo de la sustancia primordial en el seno de una eterna constelación semántica cuya manifestación intrínseca es el significado absoluto. Espacio incontaminado, libertinaje incógnito, bautismo de lascivia. Dios como criminal y víctima: lobo y cordero: narcotraficante y consumidor. Ese Dios que planteó, por boca de un ángel, una cuarta objeción al artículo primero de la cuestión veintisiete en la 'Prima' de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino: objeción que no aparece recogida en la obra porque el Doctor Angélico no supo refutarla; y, como siempre, entró en acción la Policía: con redadas, cacheamientos, gases lacrimógenos, detenciones, etc. Las fuerzas antidisturbios llegaron hasta las Puertas del Infierno para prevalecer sobre ellas, según está escrito. Demasiado ruido por una simple rescisión de contrato. Padre Omnipotente y espejo en el que flota la muerte en su elemento. Dios uno e indivisible: he aquí el dogma verdadero. Anatema y testículos que revientan. [Imagen: Félicien Rops (1833-1898), Las tentaciones de San Antonio, 1878] [Lectura recomendada: Gustave Flaubert (1821-1880), La tentación de San Antonio, 1874]

1 comentario:

Julio dijo...
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