
Después de tan satisfactorio descubrimiento, me dediqué a seguirle a Josefa Parra la pista en sus andanzas literarias, y nunca me defraudó. Encontré la misma convicción en el trabajo del idioma, la voluntad de dominio en la forma, único camino hacia lo que se denomina voz propia, elemento sin el cual no estamos hablando de nada en materia de poesía, salvo de subproductos clónicos dentro de falsas y torpes catalogaciones.
En 2002 llegó a las librerías, con el sugerente y aliterativo título de Alcoba del agua, un nuevo libro de Pepa, publicado en Cádiz por Quórum Editores. El prólogo lo hizo ese buen poeta y buen amigo que es Luis García Montero, quien afirmaba en sus comentarios preliminares algo tan rotundo como que Alcoba del agua era "verdadera poesía", juicio con el que coincido sin vacilaciones. Y además decía Luis: "Una alcoba de agua en la que el presente se carga de

desapariciones y los recuerdos de bellas y dolorosas presencias", apuntando así hacia lo paradójico como una clave interpretativa de primer orden para estos poemas. Y luego, en esa misma línea, añadía el autor de Habitaciones separadas: "La sensualidad, como plenitud del presente, y la memoria son la geografía de una contradicción que nos da la vida". El aquí y ahora y lo que se fue para siempre. En Alcoba del agua, el cada vez más difícil tema del amor es asumido y asediado con todos los riesgos que le son inherentes, pero también con una energía que evita cualquier tentación de desplazamientos hacia socorridos y manoseados sentimentalismos. Y es que este libro se halla construido sobre unas firmes bases conceptuales y sobre una elaboración intensa y decidida del lenguaje, hasta alcanzar un excelente grado de depuración expresiva, una infrecuente eficacia en los enunciados donde cada palabra puede respirar en su propio espacio y, a la vez, moverse con entera libertad en su ámbito combinatorio. [Imagen de la derecha: Elementos de deporte (1927), de Maruja Mallo]
Alcoba del agua es un libro de imágenes muy maduradas, construidas con sabiduría, situadas con notable precisión y cargadas de elocuencia, sin concesiones a vanos tecnicismos meramente ornamentales; imágenes solventes que encajan con eficacia y claridad en los textos; imágenes, no obstante, de sobria lucidez que sirven para realzar el fondo de intimidad que da cohesión a la obra. En la lengua / un resto de naufragios y sirenas; o bien: delicioso extranjero / que habla lenguas angélicas en una cama impura; o bien: Por debajo del gozo respiran / los días del hastío futuro, serían algunos ejemplos. Mingún exceso. Ninguna sobrecarga. Está las imágenes que tiene que estar: imprescindibles, idóneas, sometidas a un criterio estricto.
Los cuerpos se palpan y, en esos roces carnales, la materia se hace objeto de avidez hasta un simbolismo de luces y de fuego: Sálvame con la luz que hay en tus dedos / si me tocan, conjura la desidia, / enciéndeme o abrásame en el tacto / esplendoroso y claro de tus manos ("I. Del tacto"). Una estructura anafórica transmite la intensidad emotiva del encuentro erótico y los ojos se convierten también en símbolo de la fuerza deseante: Para tos ojos. / Para tus ojos fieramente abiertos. / Para tus ojos fijos. / Para tus ojos con caudal de fiebre. / Para tus ojos grandes... ("III. De la vista"). La paradoja conduce a una visión dialéctica en la que se va fraguando la inquietante complejidad de la relación amorosa: Es hermoso el dolor, doloroso el deseo, / tú más hermoso aún, más hiriente por tanto, / y es hermoso tenerte entre sangre y saliva, / apretado y caliente, hambriento todavía ("De amor cortés"). Lo que queda es la fugaz

Hay además en Alcoba del agua una logradísima integración entre las distintas modalidades discursivas. Ingredientes narrativos, descritivos e intrspectivos se ajustan de tal manera que se consigue un perfecto ensamblaje cuyos resultados, unidos a una extensa gama de notas acústicas, dentro siempre de una neta y rica sencillez, configuran una dicción de gran fluidez y eufonía, algo a lo que también contribuye lo diáfano de un léxico, ennoblecido por el uso cotidiano, que se despliega a través de unos ritmos acentuales distribuidos con singular destreza. La empresa no era fácil, pero el producto es impecable. [Bajo estas líneas: Retrato de Nick Wilder (1966), de David Hockney]
