miércoles, 18 de mayo de 2011

Carlos Manuel López Ramos: 'Utopía comparada'. Un libro sobre Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll







Carlos Manuel López Ramos: Utopía comparada. Dos poetas, dos poéticas. Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll, Poblicaciones del Sur, Jerez de la Frontera, 2010; 431 páginas.









SINOPSIS

Utopía comparada es un ensayo en el que Carlos Manuel López Ramos estudia los orígenes literarios y las respectivas obras poéticas de Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll. En esta obra se analizan, contextualmente, cuarenta años de dedicación a la poesía por parte de los mencionados autores, analizando, uno por uno, todos los libros publicados por ambos desde la década del setenta hasta 2010. Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll son dos poetas reconocidos que, tras haber realizado un valioso esfuerzo de producción, continúan su labor en el siempre complejo e incitante ámbito de la lírica.









FRAGMENTO DEL PRÓLOGO DE UTOPÍA COMPRADA A CARGO DE JOSÉ MANUEL CABALERO BONALD




“El corpus fundamental del libro lo ocupa el análisis textual de la obra poética de Ripoll y Fernández Palacios. Se trata de una lectura pormenorizada, metódica, de todos y cada uno de los libros de ambos poetas, desde La tarde en sus oficios de Ripoll y El ámbito del tigre de Fernández Palacios (ambos de 1978) hasta sus últimas obras publicadas. La eficacia de la interpretación depende obviamente de la agudeza del intérprete. Y tengo la impresión de que en esos comentarios de textos se filtra como un sistema innovador de ahondamiento en la poesía examinada, utilizando engarces de muy distinta procedencia, desde los filosóficos a los meramente circunstanciales, para tratar de situar más rigurosamente en sus coordenadas retóricas las claves de cada poema. Los estudios sobre la poesía española de las últimas décadas se ven ahora sustancialmente enriquecidos con estas valiosas aportaciones de Carlos Manuel López Ramos”.



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martes, 11 de enero de 2011

Josefa Parra: 'Alcoba del agua'.

El jurado sabía lo que hacía y acertó de pleno. Fue en 1995, cuando se le concedió a Josefa Parra el Premio Internacional de Poesía Loewe a la Creación Joven por un libro redondo: Elogio a la mala yerba. Siempre recordaré la lectura de este poemario como una experiencia feliz y reconfortante. Aquel Elogio me sorprendió con una fuerza inusitada. El panorama de la poesía española ya estaba en una fase de excesos editoriales causante de no pocos desconciertos. Una fase en la que ni la calidad ni la originalidad eran, precisamente, las características más generalizadas. Entonces fue cuando me conquistó el aticismo tan natural de la joven poeta jerezana.
Después de tan satisfactorio descubrimiento, me dediqué a seguirle a Josefa Parra la pista en sus andanzas literarias, y nunca me defraudó. Encontré la misma convicción en el trabajo del idioma, la voluntad de dominio en la forma, único camino hacia lo que se denomina voz propia, elemento sin el cual no estamos hablando de nada en materia de poesía, salvo de subproductos clónicos dentro de falsas y torpes catalogaciones.

En 2002 llegó a las librerías, con el sugerente y aliterativo título de Alcoba del agua, un nuevo libro de Pepa, publicado en Cádiz por Quórum Editores. El prólogo lo hizo ese buen poeta y buen amigo que es Luis García Montero, quien afirmaba en sus comentarios preliminares algo tan rotundo como que Alcoba del agua era "verdadera poesía", juicio con el que coincido sin vacilaciones. Y además decía Luis: "Una alcoba de agua en la que el presente se carga de
desapariciones y los recuerdos de bellas y dolorosas presencias", apuntando así hacia lo paradójico como una clave interpretativa de primer orden para estos poemas. Y luego, en esa misma línea, añadía el autor de Habitaciones separadas: "La sensualidad, como plenitud del presente, y la memoria son la geografía de una contradicción que nos da la vida". El aquí y ahora y lo que se fue para siempre. En Alcoba del agua, el cada vez más difícil tema del amor es asumido y asediado con todos los riesgos que le son inherentes, pero también con una energía que evita cualquier tentación de desplazamientos hacia socorridos y manoseados sentimentalismos. Y es que este libro se halla construido sobre unas firmes bases conceptuales y sobre una elaboración intensa y decidida del lenguaje, hasta alcanzar un excelente grado de depuración expresiva, una infrecuente eficacia en los enunciados donde cada palabra puede respirar en su propio espacio y, a la vez, moverse con entera libertad en su ámbito combinatorio. [Imagen de la derecha: Elementos de deporte (1927), de Maruja Mallo]

Alcoba del agua es un libro de imágenes muy maduradas, construidas con sabiduría, situadas con notable precisión y cargadas de elocuencia, sin concesiones a vanos tecnicismos meramente ornamentales; imágenes solventes que encajan con eficacia y claridad en los textos; imágenes, no obstante, de sobria lucidez que sirven para realzar el fondo de intimidad que da cohesión a la obra. En la lengua / un resto de naufragios y sirenas; o bien: delicioso extranjero / que habla lenguas angélicas en una cama impura; o bien: Por debajo del gozo respiran / los días del hastío futuro, serían algunos ejemplos. Mingún exceso. Ninguna sobrecarga. Está las imágenes que tiene que estar: imprescindibles, idóneas, sometidas a un criterio estricto.

Los cuerpos se palpan y, en esos roces carnales, la materia se hace objeto de avidez hasta un simbolismo de luces y de fuego: Sálvame con la luz que hay en tus dedos / si me tocan, conjura la desidia, / enciéndeme o abrásame en el tacto / esplendoroso y claro de tus manos ("I. Del tacto"). Una estructura anafórica transmite la intensidad emotiva del encuentro erótico y los ojos se convierten también en símbolo de la fuerza deseante: Para tos ojos. / Para tus ojos fieramente abiertos. / Para tus ojos fijos. / Para tus ojos con caudal de fiebre. / Para tus ojos grandes... ("III. De la vista"). La paradoja conduce a una visión dialéctica en la que se va fraguando la inquietante complejidad de la relación amorosa: Es hermoso el dolor, doloroso el deseo, / tú más hermoso aún, más hiriente por tanto, / y es hermoso tenerte entre sangre y saliva, / apretado y caliente, hambriento todavía ("De amor cortés"). Lo que queda es la fugaz iluminación del instante; ese instante de eternidad que cantó Gilbert Bécaud ("Un instant d'etérnité"): La piel de transparente se hace alma / que el sudor cristaliza, puramente / transfigurada; pero es sólo el tiempo / que tarda ese tirano de tu cuerpo / en hacerse notar en estampida ("No es amor"). En la poesía de Josefa Parra abundan las islas (siempre son las griegas) como espacios del paraíso. El mar, el verano, los tiempos y los lugares de una vigorosa totalidad: De la isla recuerdo las tardes junto al agua, / la libertad azul de los baños de junio, / aún frescas las orillas, y los pies temerosos. / Recuerdo la estación primeriza y pujante, / el levísimo olor de jazmines o rosas / tempranamente haciendo promesa del verano ("Recuerdo único"). El eros deviene poder y causa de la palingenesia: Te he creado, otro, a mi capricho, / más invisible y menos complicado, / y te he inventado casa y nombre propios, / secretísimo mío, para poder hallarte ("Alter Tu"). [A la izquierda: El espantapájaros (1929), de Maruja Mallo]

Hay además en Alcoba del agua una logradísima integración entre las distintas modalidades discursivas. Ingredientes narrativos, descritivos e intrspectivos se ajustan de tal manera que se consigue un perfecto ensamblaje cuyos resultados, unidos a una extensa gama de notas acústicas, dentro siempre de una neta y rica sencillez, configuran una dicción de gran fluidez y eufonía, algo a lo que también contribuye lo diáfano de un léxico, ennoblecido por el uso cotidiano, que se despliega a través de unos ritmos acentuales distribuidos con singular destreza. La empresa no era fácil, pero el producto es impecable. [Bajo estas líneas: Retrato de Nick Wilder (1966), de David Hockney]


lunes, 1 de noviembre de 2010

Saulo Ruiz Moreno: "Los albores de la eternidad".

Después de estrenarse como ensayista con un interesante trabajo sobre emblemática y simbología, titulado Algunos quisieron mirar atrás (una representación del universo), y publicado en la jerezana Editorial Barataria en marzo de 2005, Saulo Ruiz Moreno (Jerez de la Frontera, 1977) sacó a la luz, en el otoño de 2008, su primera novela: Los albores de la Eternidad, que apareció bajo el sello de la granadina Alhulia Sociedad Limitada.
Al currículo de Saulo Ruiz Moreno como escritor es obligado añadir su ruta como articulista de prensa en el ya desaparecido Síntesis: Suplemento Cultural de Publicaciones del Sur que, entre diciembre de 2004 y el mismo mes de 2007, tuvo una amplia difusión en toda la provincia de Cádiz.
Los albores de la Eternidad es una novela ambiciosa y de alto riesgo, pero que ha sido resuelta por su autor con sobrada solvencia e infrecuente habilidad, máxime tratándose —como hemos señalado al comienzo— de una primera incursión en el campo de la narrativa.
Saulo Ruiz Moreno ofrece en esta obra una trama con un excelente nivel de estructura, desarrollo y expresión.

El argumento de esta novela responde a una serie de componentes clásicos avalados por una larga tradición: intriga, suspense, aventura, materiales históricos, personajes tanto diáfanos como enigmáticos; crítica social, política, económica y cultural; problemas humanos individuales y colectivos. Todas estas dimensiones se articulan por medio de un ensamblaje preciso y sin violencia en los ajustes. La lectura de este texto es fácil, amena y estimulante; pero también es instigadora, en el sentido de promover la atracción por una dilatada serie de fascinantes espacios del conocimiento.
A esta fábrica literaria, que acabo de mencionar de manera sucinta, Saulo Ruiz Moreno agrega un nutrido aparato filosófico y gnoseológico, de amplio espectro y sólida armadura, en el cual radica, desde mi punto de vista, uno de los más especiales atractivos de esta obra. En efecto, Los albores de la Eternidad es una novela de largo aliento y sorprendente calado. Ese aparato ideo-teorético se incardina en el curso de la narración con equilibrio y elegancia, sin
pesadez, ni pedantería, ni exhibicionismo. Sus piezas emergen, en el momento adecuado, conectando con los hechos y personajes según un estricto criterio de coherencia y cohesión. Los albores de la Eternidad es un libro que trata sobre la cognición científica y la humanística, tanto en sus vertientes orto como heterodoxa; trata sobre la naturaleza y el ser; sobre la materia y el espíritu o la mente; sobre las artes, la literatura y el pensamiento; trata sobre el poder y sus incontables sombras, así como sobre Occidente y Oriente y sus vasos comunicantes, como lo fue Andalucía. El libro adquiere, pues, la condición de un panóptico, o de un aleph borgiano, o de una cámara oscura desde donde el autor nos invita a dirigir la mirada hacia la totalidad del insólito y desconcertante fenómeno en que consiste la vida. Imagen de la derecha: Solve et coagula (1992), de Dino Valls (Zaragoza, 1959).

No voy a revelarles que este libro sea el gran oráculo del siglo XXI, ni el segundo Apocalipsis, ni la panacea cósmica, ni la receta del elixir de la eterna juventud, ni la piedra filosofal, ni una guía que conduzca derechamente al hasta ahora ignoto recinto donde se oculta el tesoro de los cátaros o hasta la ciudad subterránea en la que se conserva, a buen recaudo, el famoso cáliz de la Santa Cena. Es verdad que Saulo Ruiz Moreno diserta, en esta obra, sobre todos estos prodigios y algunos más; pero no hay que olvidar (luego lo reiteraré) que Los albores de la Eternidad, ante todo, es una novela; y una novela que, cumpliendo con objetivo del género, se lee con gusto.
Lo que ocurre es que, en impecable trabazón con su fábula, el libro plantea unas premisas de considerable altura y elevada complejidad, muy lejos de trivializaciones y banalidades. La novela ha sido diseñada por su autor como un viaje al que se podría calificar de iniciático: un viaje también hermenéutico a través de las culturas confeccionadas por el ser humano en el transcurso de la historia. Pero no es un viaje arqueológico concebido como museo especulativo. En Los albores de la Eternidad se suscita, con rigor y a la vez con cautela, un trazado de futuro que se condensa en la veterana máxima (de origen alquímico) solve et coagula: es decir, disolver y remozar; descomponer y recomponer; limpiar y concentrar. Un apotegma que, desde el ángulo de la conciencia, preconiza una búsqueda: disolverse como objeto concreto y limitado para rehacerse como entidad energética, lo que implica la eliminación de la escoria fosilizada que se cría en torno a la personalidad. Es decir, una palingenesia.

Carl Gustav Jung (antes de ser víctima de una poética enajenación) no tuvo reparos a la hora de admitir vínculos metodológicos entre su Psicología Analítica y la Alquimia. Uno de los pilares de la psicoterapia de Jung estriba en la praxis de revitalización de los símbolos que, de modo consciente o inconsciente, ejercen una influencia empíricamente probada sobre el sujeto. Me remito a la recopilación de estudios que, con el título Man and his Symbols y coordinada por John Freeman, publicó en 1964 la firma Aldus Books. Ahí se recoge el último escrito dado a la imprenta por Jung, así como otros textos a cargo del propio Freeman y de importantes investigadores como Joseph Henderson, Marie-Louise von Franz, Aniela Jaffé y Jolande Jacobi (Traducción española: Luis de Caralt Editor, Barcelona, 1977).
Los símbolos inundan Los albores de la Eternidad. Símbología e Iconografía convergen en los distintos capítulos junto a su correspondiente marco interpretativo, el cual es expuesto con dominio y transparencia. Hay laberintos (como el de Salomón), figuraciones de toda índole, gráficos alfabéticos y numerológicos, cuadrados mágicos, criptogramas; están, cómo no, el toro, las divinas proporciones, el campo alegórico de la astrología, el Golem, el báculo de las dos serpientes, los secretos de las catedrales góticas, las cábalas hebrea, arábiga y grecolatina, así como la regla del nexo entre los contrarios: “La clave —afirma Julia, uno de los personajes de la novela— reside en distinguir los dos opuestos que cohabitan en el ser, así como al tercero, fruto de ellos mismos y que los une, de cuya interacción resulta su desarrollo”.

Saulo Ruiz Moreno es Ingeniero químico por la Universidad de Cádiz; en Alemania realizó estudios de posgrado en la Georg-Simon-Ohm Hochschule de Nuremberg y fue investigador de la afamada multinacional Siemens Aktiengesellschaft (Siemens AG). Esta importante formación científica le faculta para abordar —con suficientes créditos y sin concesiones a la ingenuidad— todo un extenso territorio de sapiencia hermética que desempeña en el libro una función de primera magnitud; y lo hace a partir de las múltiples concomitancias comprobadas entre la ciencia oficial y las doctrinas que un contexto pan-racionalista (y también político-religioso) condenó como heréticas; maniobra que se ejecuta con el imprescindible discernimiento que separa meticulosamente la ganga supersticiosa y seudo-epistemológica de aquellas otras disciplinas que, a pesar de haber sido catalogadas en el índice de un quimérico esoterismo, aportaron y aportan instrumentos complementarios para la indagación de la realidad.
La ciencia contemporánea, nuestra ciencia más avanzada, se ha visto obligada a renunciar al dogmatismo y a aceptar sus inherentes limitaciones. Es hoy una ciencia más abierta y menos soberbia. Einstein, Heisenberg, Popper o Gödel (entre muchos otros nombres) propiciaron este cambio de actitud que ha favorecido un nuevo talante, un nuevo enfoque científico. Se establece la convicción de que los procesos no están terminados. Como se nos dice en Los albores (y cito literalmente): “seguimos inmersos en la Obra Cósmica y muy lejos de disfrutar el producto acabado”. La ciencia recupera su primitiva poesía, su primitiva estética. “Desde la explosión inicial [sigo citando] que habría provocado la aparición de la perfección, ésta se estaría extendiendo, asimilando Caos y desechando materia común [la sustancia de la que se compone nuestro mundo] y que con su aparición dio origen al tiempo y al espacio”. El conocimiento de la materia toma así un rumbo distinto al del caduco positivismo: “la materia —leemos en Los albores— sería susceptible de perfeccionamiento hasta alcanzar un equivalente con la quintaesencia, con lo divino”.

Conceptualmente, el capítulo sexto de la segunda parte, ‘Camino del sepulcro’, es uno de los más impactantes. De ese capítulo subrayo este motivo interno-dialéctico: “aunque la materia sea única, siempre se pueden identificar dos naturalezas opuestas, una receptiva y otra estimulante, y si estas dos materias se resuelven en una tercera habrá tres principios, los dos iniciales más el fruto de su unión”. Este sistema en incesante metamorfosis nos reubica en una noción del ser humano radicalmente disímil respecto a las presunciones convencionales. El pasado, el presente, el futuro, el ser, el progreso, el envejecimiento, la muerte: en suma, la vida: una vida que debe ser revisada como segmento de la trayectoria cíclica orientada hacia el perfeccionamiento de la materia: una materia destinada a redimir su propia esencia.
Esa revisión de la vida tendría que fijarse como meta la superación del artificial y erróneo antagonismo que se ha instituido entre Humanidad y Naturaleza. La clave para llevar a cabo este programa expansivo requiere una sustancial comprensión de nuestro
entorno, de la mecánica y la lógica que rigen el universo. De ahí que en la novela se aluda a la intelección simbólica del verbum dimissum (‘verbum dimissum custodiat arcanum’: ‘la palabra perdida guarda el secreto’), esa palabra que apunta hacia la incógnita material de la Gran Obra que procura la definitiva transformación del ser. Palabra que, a la vez, se identifica con la cifra (el desciframiento) de la geometría cósmica. El verbo y la imagen convergen en la proporción, en la cadencia, en los meandros intuitivos. A la izquierda: El alquimista, de David Teniers "El joven" (1610-1690). Museo del Prado.
Revisar la vida es un macro-proyecto al que se incorporan acciones sociales, políticas, económicas y culturales; es atreverse a afrontar una gigantesca empresa correctiva de los cimientos de la civilización. Pero no es sólo esto. Lo más primordial de este quehacer se centra en la voluntad de asumir una ineludible restauración (reedificación) ontológica. Asunto complicado, pero insoslayable. La gran enseñanza del profesor Santiago Melgar (auténtico eje ideológico de la novela) cristaliza en la posibilidad sustantiva de un desenlace emancipatorio para el hombre y en el hallazgo de que la realidad dista mucho de lo cotidiano.
Este desenvolvimiento ascensional pasa por una rehabilitación de la Naturaleza (aquí también con N mayúscula); por una reanudada vivencia del imprescindible pacto con la Naturaleza. En Los albores de la Eternidad se detecta la singular empatía de su autor con el medio natural: las excelentes descripciones paisajísticas, el gusto por recrearse en la grandiosidad de bosques, sierras, grutas y ríos: una alabanza que a menudo se torna en minuciosa, didáctica y asimilable elucidación de la textura química sobre la que se sustentan los protocolos de la vida. Brota en estas coordenadas el homenaje rendido, en la página 241, a “aquellos que cultivaron la paz, que supieron vivir en armonía con su entorno sin incurrir en la derrochadora explotación de sus recursos, aquellos que habían logrado la felicidad gracias al destierro de las necesidades” y “cayeron sometidos por el duro acero de la sociedad militarizada, de un control económico sin escrúpulos, de la ambición de poder”.

Pero insisto: con Los albores de la Eternidad, Saulo Ruiz Moreno pone en nuestras manos una novela, no un tratado disfrazado de novela. Es la suya una novela seductora, de atmósfera envolvente, con un magnetismo que arrastra al lector a devorarla, una novela que incita a ampliar conocimientos, una novela de las que se leen de un tirón porque tienen garra y porque en ella hay una historia bien contada: con acontecimientos misteriosos, pasadizos subterráneos, cuevas tenebrosas, fuentes recónditas, fraternidades circunspectas, desapariciones inquietantes o manuscritos enigmáticos. El relato discurre con fluidez, buen ritmo y calculada dosificación de sus unidades modulares. Sobresalen la sobria y ágil complexión sintáctica, la riqueza de léxico, la vigorosa y eficiente adjetivación, así como la ya resaltada destreza descriptiva, con un neto predominio de lo sintético y lo selectivo, aunque sin menoscabo del detalle siempre pertinente y agudo.
Siendo muchos y apasionantes los móviles que yacen en este libro, Saulo Ruiz Moreno ha tenido la astucia y el talento de no contarlo todo, empleando, para tal fin, su contrastada capacidad de sugestión, con lo que concede al receptor la ocasión de intervenir activamente en el juego narrativo, en la dinámica textual. Prodesse et delectare.

jueves, 30 de abril de 2009

Fernando de Benito: Poesía para las Medusas

Por Carlos Manuel López Ramos.




La belleza convulsa de la que hablaba André Breton aparece sin disimulo en el verso belle hideusement d'un ulcère à l'anus, el cual cierra un soneto de Rimbaud de 1870: 'Vénus Anadyomène'. Para el poeta Fernando de Benito (gaditano nacido accidentalmente en Huelva en 1936), una mujer hermosa es una cerda / con un anillo de oro en los morros. La hematofagia surge como una forma de regreso al estado de naturaleza, es decir, al estado de gracia: Tengo tanta sed de amor que me bebo la sangre, / tanta hambre de amor que me masco la muerte... El amor más puro es el que culmina en un acto de canibalismo: Quisiera amarte siempre con mi amor más / sincero, / para crearte de nuevo después de devorarte. Recreación y descenso a los infiernos: aquello que fue concebido por los gnósticos como acontecimiento final en el programa de salvación del género humano. Una potencia de Luz baja a los abismos: la Madre, Set, el propio Cristo. El arcano omnipresente, el conjuro decisivo, los sacramentos valentinianos: toda la ritualidad destinada a la derrota de las entidades tenebrosas, a devolver al elegido a su perfección celestial: el retorno a la unidad absoluta. La palabra como supremo sortilegio que redime de la caída; la sagrada poiesis que determina la búsqueda en los perfumes de la razón de amor, según Apolonio de Rodas. Palabra teúrgica que era el centro de una voluptuosidad mediadora, además del vino hirviente de los ágapes, que Fernando de Benito invoca como verde veneno espumoso manado a borbotones / de los pezones abiertos: oración que el poeta dirige a los oídos tranquilos de la amante: Yo tengo para tu hambre el vino que quema y el / pan jubiloso. Entonces confiesa el ámbito secreto en el que habita: Desde el espacio de mi viaje-altura sideral / donde te me encuentro, te / veo en una muchacha triste, en / una libélula muerta, y digo / que te amo y... [Imagen: Retrato de la bailarina rusa Ady Fidelin (1937), de Man Ray]


Una lectura materialista puede atestiguar -como hizo el Surrealismo- que en la experiencia de la Gnosis son perceptibles suficientes elementos activos
extrapolables a una teoría de la producción artística; los cuales resultaron metodológicamente provechosos y eficaces para el arte moderno. Se hacía una referencia específica al concepto, eminentemente vanguardista, de la creación desde cero, la creación desde la nada (André Breton: Perspective cavalière, 1970). Recreación y acceso a la Edad de Oro; aquella en la que, según Fulcanelli: "El hombre, renovado, ignora toda religión. Se limita a dar las gracias al Hacedor, de que el sol, su más sublime creación, le parece reflejar la imagen ardiente, luminosa y benéfica". Llenas mi estancia de mil soles, afirma Fernando de Benito, y Tú estarás aquí, / ya nunca lejos / de la estancia solar de MI SANTUARIO. Así la poesía-alquimia, a partir del Mercurio de los Sabios, se mezcla con el azufre radiante en el matraz, clausurado por fusión, que Ireneo Filaleteo describió en su Entrada abierta al Palacio cerrado del rey. Esoterismo y ciencia hermética que los surrealistas, en clave ajena a toda idea sobrenatural, transmutaron poéticamente al margen, hay que insistir, de cualquier interpretación trascendente. Magia positivista y espiritismo sin teologías ni ectoplasmas. Exploración de los llamados "estados secundarios". Hipnosis, sueño provocado, viajes iniciáticos y azar objetivo. Procedimientos técnicos mediante los cuales se llevaba a cabo la empresa de escapar al pensamiento controlado. Es decir: ilimitada libertad de expresión desde las profundidades más recónditas de la mente. En tal sentido se pronunciaba Breton en una serie de entrevistas para la Radiodifusión Francesa, realizadas por André Parinaud, entre marzo y junio de 1952: "A despecho de su erróneo punto de partida, el espiritismo había puesto de manifiesto ciertos poderes de la psique de un carácter muy singular y de un alcance nada desdeñable", añadiendo que el surrealismo valoraba "lo que queda de la comunicación mediúmnica, una vez descartadas de ésta las implicaciones metafísicas que comportaba hasta ese momento". [Ilustración: Hermes Trimegisto]


Fernando de Benito asume esta arriesgada y compleja herencia desde la palabra exacta que evidencia una cosmogonía estremecedora: hacia tu galaxia-núcleo triunfal. Mientras tanto, persiste la energía amorosa como fundamento vital de un orden primario, también hacia una hembra bestial y bellísima / que bese con unción mi falo cósmico. El escritor gaditano convierte así su obra en codificación de lo insólito de la existencia; revelando, a través de una coherente selección de discursos histórico-culturales, las facetas más inquietantes de la vida como oficio de seres improbables, prodigios equívocamente inmateriales, espectros con trágica vocación de realidad: la carne petrificada, la muerte que dignifica y eterniza, la electrodinámica cuántica de los sexos, los monstruos de los durmientes, los falsos fantasmas de la vigilia, las desventuras del vampiro, el vacío soñándose a sí mismo; y todo ello, aunque sea desde el alto triunfo / de amor / de la puta poesía. Amor a todas horas reincidente y antropofagia de los vencidos: Mi amor por la mujer fue, es / siempre / atávico y ancestral, oscuro y hambriento: borboteo / fósil de miles de milenios, sedimento / de un horrible vendaval que borra los caminos. [Imagen: Untitled (1929), de Man Ray]






domingo, 19 de abril de 2009

La Santísima Trinidad o el falseamiento de un dogma

Por Fernando-Jaime Echevarría (Firma invitada)





Los secretos de Dios son secretos íntimos hasta en las habitaciones de los prostíbulos, donde la fórmula politeísta de la Santísima Trinidad se desvanece en una atmósfera viciada. Lo del sagrario ya se sabe que es una sutileza platónica. Todo misterio divino comienza con la inmovilidad física y neurológica del contemplativo para terminar en la impudicia de los inmortales. Misterio inaccesible a todos los heresiarcas, profetas suburbanos, visionarios de la ebriedad, sacerdotisas en la ninfomanía, apóstoles neo-gnósticos, taumaturgos de la serpiente y demás impostores que creen en la existencia de un organismo intermediario entre el ser y aquello que está más allá del ser: no por hipótesis. Todo es materia, siendo Dios materia perfecta en la constante eficacia de su despliegue: no de creación: porque la nada no es ni anterior ni posterior al ser, debido a que la nada es un imposible en estado puro y en la exactitud de su irrealidad. No se inspira el creyente en Dios. El creyente respira junto a Dios como resultado de una licuación metapsíquica que es el encuentro entre dos entidades corporales poseídas por la misma osadía, por el mismo espanto, por la misma alarma. Dios es la materia y el abismo de la sustancia primordial en el seno de una eterna constelación semántica cuya manifestación intrínseca es el significado absoluto. Espacio incontaminado, libertinaje incógnito, bautismo de lascivia. Dios como criminal y víctima: lobo y cordero: narcotraficante y consumidor. Ese Dios que planteó, por boca de un ángel, una cuarta objeción al artículo primero de la cuestión veintisiete en la 'Prima' de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino: objeción que no aparece recogida en la obra porque el Doctor Angélico no supo refutarla; y, como siempre, entró en acción la Policía: con redadas, cacheamientos, gases lacrimógenos, detenciones, etc. Las fuerzas antidisturbios llegaron hasta las Puertas del Infierno para prevalecer sobre ellas, según está escrito. Demasiado ruido por una simple rescisión de contrato. Padre Omnipotente y espejo en el que flota la muerte en su elemento. Dios uno e indivisible: he aquí el dogma verdadero. Anatema y testículos que revientan. [Imagen: Félicien Rops (1833-1898), Las tentaciones de San Antonio, 1878] [Lectura recomendada: Gustave Flaubert (1821-1880), La tentación de San Antonio, 1874]

domingo, 14 de diciembre de 2008

Vladimir Nabokov: 'Lolita'. Relato analéptico y relato autodiegético.



Un apunte sobre Annabel Leigh


Con sólo tres años Nabokov hablaba ya mejor el inglés que el ruso, como cualquier niño rodeado de institutrices británicas. Este prematuro manejo de la lengua inglesa, que después llegará a convertirse en un extraordinario dominio de la misma, es el que hará posible que Humbert Humbert pueda expresarse en un inglés “abominable y cuidadoso”. En el texto que sirve de prólogo a Lolita, titulado “Sobre un libro llamado Lolita“, escribe Nabokov: “Mi tragedia privada, que no puede ni debe, interesar a nadie, es que he debido abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre”. Así pensaba Nabokov en 1956. Sin embargo, bastantes años más tarde, acabaría reconociendo su preferencia por el inglés como instrumento de trabajo: el inglés le ofrecía una mayor flexibilidad y le permitía mayores libertades porque se plegaba mejor a los “suplicios” de su imaginación. Categóricamente declarará que el inglés supera al ruso por la riqueza de matices, porque se adapta más fácilmente a una “prosa delirante” y por su innegable “precisión política”. Si la primera afirmación respecto al ruso pudiera entenderse como un emocionado homenaje a sus raíces, la segunda tal vez constituya un melancólico ejercicio de histrionismo.

El inglés fue uno de uno de los factores decisivos de la
internacionalización de Nabokov, como lo fueron su destierro y su nomadismo desde el momento en que se vio obligado a expatriarse. En las páginas iniciales de Lolita, donde se ofrecen importantes datos sobre el personaje Humbert Humbert, Nabokov introduce abundantes elementos de esa atmósfera internacional tan de su gusto y su destino. De esos elementos, el más revelador sin duda es la historia de los amores entre Humbert y Annabel Leigh: pasión preadolescente entre dos criaturas que acaban de cumplir los trece años en el incomparable escenario de la Riviera francesa durante el verano de 1923. Humbert es hijo de padre suizo (con ascendencia franco-austriaca) y de madre inglesa; mientras que la adorable Annabel es el resultado de un cruce anglo-holandés: en resumidas cuentas, una perfecta combinación de sangres europeas para un romance estival que no desembocó en nada, sexualmente hablando, pero que fue (sobre todo para Humbert) una experiencia intensa y fascinante: “frenética, impúdica, agonizante”, y que, además, significó el anuncio del grandioso espectáculo que el futuro reservaba al más indivisible mártir de la ninfulomanía: “Estoy persuadido, sin embargo, de que en cierto modo fatal y trágico, Lolita empezó con Annabel”. Quien dice esto es el propio Humbert; pero no se olvide que Humbert dice lo que Nabokov quiere que diga. Por ejemplo esa definición de Lolita del capítulo octavo de la segunda parte: “la nínfula más castaña y encendida, más mitopoética en el halo de un jardín de octubre”. Menos mal que no se le ocurrió escribir metapoética: hubiera sido el colmo. [Arriba, a la derecha del párrafo: Primera edición de Lolita, de Vladimir Nabokov, The Olympia Press, París, 1955]

Lolita es una novela confesional en la que hallamos todos los requisitos del (insuperable) modelo agustiniano: la narración retrospectiva en prosa (relato analéptico); la historia de una personalidad contada por ella misma (relato autodiegético) con la intención de hacer públicos los secretos de su existencia privada y, finalmente, la ejemplaridad deducida de una transformación moral. Todo esto explica el subtítulo del libro: 'Confesiones de un viudo de raza blanca'. En el capítulo veintisiete de la primera parte, Humbert se llama a sí mismo Jean-Jacques Humbert. Eso puede ser que Humbert nos descubre su verdadero nombre de pila o que, de forma espontánea, improvisa un tributo de admiración a Rousseau, otro gran maestro de la confesionalidad. El discernimiento de este detalle es complicado tratándose de un discurso lleno de mentiras construido alrededor de un imprudente ataque de nostalgia. Annabel Leigh murió, víctima del tifus, en la terrible y mágica isla de Corfú. El fallecimiento se produjo inmediatamente a continuación de aquel verano imposible. Su temprana muerte fue el presagio de una funesta tempestad. [En la imagen: calle Agios Spyridon, en el centro de Corfú-capital]



Lolita para voyeurs

"Lolita, light of life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo-lee-ta"

Stanley Kubrick: Lolita (1962). Trailer.





"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta"


Stanley Kubrick: Lolita (1962). Main Titles.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Leopoldo María Panero /Así se fundó Carnaby Street

por Carlos Manuel López Ramos





Cuando habla de la locura, el poeta Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) recurre casi siempre a la misma cita de Spinoza: “nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Inmediatamente aparece el tema del manicomio. Por mucho que Leopoldo diga que prefiere mil veces la cárcel al manicomio, no ha hay que concederle demasiado crédito. Una de las muchas definiciones estremecedoras acuñadas por Panero en relación a los manicomios presenta a éstos como “una mezcla entre el Folies Bergère y el infierno de Dante”. Sin embargo, para un creador que tiene auténtica fe en lo que hace (y una idea clara de las condiciones necesarias para hacerlo) no existe mejor morada que un centro de salud mental, puesto que allí es donde puede dedicarse, con absoluta garantía de éxito, a perder su vida par delicatesse, como dijo Rimbaud, a quien Leopoldo menciona con frecuencia. En realidad, los argumentos de Panero en contra de las instituciones psiquiátricas ofrecen serias dudas respecto a su veracidad de conciencia. La recurrente diatriba contra las casas de locos constituye uno de los motivos fundamentales de su literatura oral; literatura ésta que alcanza ya una importancia trascendental en la producción del poeta y que, por fortuna, se conserva transcrita en un buen número de entrevistas publicadas. [A la izquierda: Leopoldo María Panero]



Panero ha dicho de la psiquiatría: “la psiquiatría delira”; “la psiquiatría es la consideración no humana de lo humano”; “la psiquiatría se encarga de reprimir y perseguir la experiencia mística y paranormal, pues no otra cosa es el loco que un iluminado”; “la psiquiatría es la persecución de la extrañeza”, etc. Pero, ¿qué tiene que ver todo este repetitivo catecismo con la interesante lectura que de Mallarmé ha sido capaz de realizar Panero en determinados períodos de lucidez? ¿Todavía no se ha enterado Panero de que la mente (ese sucedáneo laico del alma) es una falacia? ¿No le han explicado que el funcionamiento del cerebro se basa en el dinamismo bioelectroquímico y que, por consiguiente, la psiquiatría cada vez es más fisiología y neurobiología, a las que, en todo caso y para ir tirando, se agregan ciertas técnicas extraídas de la práctica del sacramento de la confesión? [Ilustración: ¿Locos en el manicomio? Óleo atribuido a Goya. Museo del Monasterio de Guadalupe, Cáceres, España.]



En la actualidad, Panero está ingresado en la clínica del doctor Rafael Inglod (Canarias). Anteriormente ya tenía cumplidos siete bienios en el Manicomio de Mondragón (Guipúzcoa). En esta nueva residencia, según Panero, continúan envenenándolo (como en el País Vasco), pero todavía más. Se queja de su tratamiento con haloperidol, un antipsicótico típico de la familia de las butirofenonas, el cual puede provocar, parece ser, no pocos efectos secundarios nada deseables. Este fármaco es uno de los neurolépticos más usados en patologías como la esquizofrenia, la paranoia, estados maníacos y otros trastornos psíquicos de gravedad. Leopoldo no vacila en sentenciar que en los manicomios “odian el pensamiento, como en toda España”. Panero visitó en París al célebre psiquiatra heterodoxo Félix Guattari,
coautor, junto a Gilles Deleuze, de El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. (1973) y de Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. (1980). Ni corto ni perezoso, el escritor aprovechó la consulta para largarle al eminente analista una conferencia sobre la anorexia manicomial de tres cuartos de hora. Al finalizar la homilía, Guattari le dijo al poeta madrileño (según la versión de éste) que era el español más inteligente que había conocido. Panero, a la sazón, se dedicaba en la capital francesa a recoger basura como penitencia para salvar a sus habitantes, y el día que fue a ver al ilustre terapeuta le dejó como recuerdo, escondido detrás de una cortina, un maloliente saco de desperdicios. De los escritos de Guattari y Deleuze asimiló Panero la idea central del alienado como límite del capitalismo. Enlazando con Lacan (figura obsesiva y omnipresente en el discurso del autor de Narciso en el acorde último de las flautas), Leopoldo acusa a la burguesía de haber inventado el caos y el ateísmo “para permitirse proscribir así el derecho divino de la nobleza medieval”. [Imagen: Félix Guattari]



En 2004, al disertar sobre un asunto tan delicado como la pederastia, e interpretando con extremo desahogo el concepto universal de libre decisión, Panero manifestó lo siguiente: “no sé qué hay de malo en la corrupción de menores”, lo que es una apelación directa o indirecta, dependiendo desde dónde se mire, al ectoplasma de Gilles de Rais (1404-1440), el verdadero e inolvidable Barba Azul, alquimista y mago, valeroso en el campo de batalla, héroe nacional de Francia en la Guerra de los Cien Años y compañero de armas de Santa Juana de Arco. Una pareja sobrehumana. Georges Bataille (El proceso de Gilles de Rais, 1959) asegura que los crímenes de Barbe Bleue (especial atención merecen los de signo pedófilo) fueron los del mundo en que vivió: los de aquella sociedad medieval que confería a la nobleza un poder absoluto a la hora de consumar sus deseos. Como escribió Leopoldo María Panero en uno de sus memorables artículos de prensa: “Que sea la muerte de los límites en un contacto indefinido lo que aquí resuma la entrada de Dios en el ámbito político”. [Imagen: retrato de Gilles de Rais. Grabado de autor desconocido. Siglo XVI.]